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Brasil: enfrentar la represión y el ajuste no puede significar defender a los populismos corruptos

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Finalmente, Lula –líder del PT– terminó tras las rejas tras el caso de corrupción con la constructora Odebrecht. Dicha empresa lo había sobornado en su mandato para obtener licitaciones públicas. Vale decir que este caso es uno más de los tantos que están siendo investigados en el marco de la Operación Lava Jato, que señala no sólo a Lula sino a prácticamente toda la clase política –como el mismo presidente Michel Temer– tanto en Brasil como en otros países del continente, incluyendo la Argentina.


Ante esto, no sólo los exponentes y los defensores de los gobiernos populistas en Brasil y América Latina sino también parte de la izquierda –incluso trotskista– hablan de “golpismo”, “prisión arbitraria”, de la necesidad de “defender la democracia” o de la continuidad del “golpe institucional” que habría comenzado con la destitución de Dilma Roussef.


Los humanistas socialistas no reconocemos ni la más mínima altura moral en los jueces brasileños o en el gobierno actual para acusar de corrupción a nadie. Temer, además de ser igualmente corrupto, está llevando a cabo una política de represión y ajuste con militarización de las favelas y leyes –como la laboral o la previsional– que representan un ataque directo a la dignidad y las condiciones de existencia. Sin embargo, esto no nos lleva a ignorar o relativizar la corrupción de Lula y del PT, que –dicho sea de paso– también ha militarizado favelas, arrasado barrios populares y reprimido movilizaciones, además de prestar ayuda al actual ejecutivo para implementar su batería de reformas. Condenamos claramente la corrupción del PT llamando a que sean organismos y comisiones independientes, integradas por la gente común y los damnificados por estos hechos de corrupción, usuarios de las obras públicas y trabajadores, los que culpabilicen y condenen a los empresarios y políticos corruptos, tanto del PT como de los restantes partidos políticos.


No se trata de “golpe” ni de una afrenta a la democracia sino, justamente, de la manifestación de la decadencia de la política democrática en el país más importante del continente. Esta decadencia asume diferentes formas: una de ellas es la debacle irreversible de los proyectos populistas y caudillistas, de Brasil y del continente, que expropiaron durante demasiado tiempo el protagonismo de los sectores populares, dando ciertas y limitadas concesiones materiales y enriqueciéndose con las finanzas estatales y los negocios con la burguesía empresarial, hecho tan evidente como para explicar por qué motivo la sociedad brasileña no salió en masa a las calles para defender a Lula. De hecho, la política democrática (neoliberal o populista) siempre es sinónimo de corrupción, vacío de valores, ocultismo y totalitarismo. Su decadencia se pone de manifiesto también en el momento actual, cuando los gobiernos demuestran que no tienen nada que ofrecer salvo represión, racismo, ajuste, revanchismo antipopular e intentos de mayor regimentación en este contexto de giro continental de la política cada vez más hacia la derecha, como también se expresa en el fortalecimiento de opciones profundamente reaccionarias y peligrosas como la de Jair Bolsonaro o el mayor protagonismo de los militares en Brasil.


Las expresiones más positivas que surgen desde abajo (como las centenares de miles de personas que se movilizaron contra el asesinato de Marielle Franco o también los trabajadores que luchan contra la reforma laboral) necesitan urgentemente trazarse un camino independiente de los Estados, sin ilusiones en la vuelta de algún caudillo. De esa forma, los anhelos de justicia, verdad, dignidad y solidaridad podrían finalmente liberarse de obstáculos y enfrentar la lógica de delegación a favor de un protagonismo renovado que promueva el crecimiento de las subjetividades que emergen, a pesar de estar tan abolladas por las desilusiones y los golpes recibidos.


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