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Asesinato de Fernando Báez Sosa y los hechos de violencia recientes: Solidaridad para defender la vida contra la violencia

El asesinato de Fernando a manos de un grupo de jóvenes en Villa Gesell genera un sentimiento difundido de mucha tristeza y consternación. Por su crueldad, y también porque se presenta como algo absurdo, difícil de entender:
la muerte llega entre jóvenes divirtiéndose durante sus vacaciones. Episodios de violencia similares continúan en otros lugares, profundizando aún más el desconcierto. Este justo pesar generalizado, quizás tenga un origen positivo que es necesario identificar, una intuición importante que usualmente olvidamos: el valor que tiene la vida y la empatía que sentimos hacia quienes sufren.

Las primeras voces de rescate humano ante esta barbarie llegan del coraje de personas tan comunes como imprescindibles: Fernando, en primer lugar, que intentó mediar para poner freno a las agresiones; sus amigos que pusieron en relieve los valores de compasión y humildad que lo caracterizaban; Virginia, que frente a la indiferencia de los presentes quiso reanimarlo luego de la feroz golpiza; Jimena Barón, que expresó su solidaridad suspendiendo sus shows y fue parte, junto a centenares de personas, del acto frente al boliche Le Brique; y Gabriela, la vecina que lo organizó, que con mucha lucidez afirmó: “(…) nosotros estamos en la vereda de enfrente, estamos del lado del amor, de la vida, de la justicia, de humanizar esta sociedad”. En la “vereda de enfrente”, están los asesinos de Fernando y sus “códigos” patriarcales y violentos; están los usureros de Le Brique y los empresarios de la noche; está la desidia de la policía y de Gustavo Barrera, intendente de Villa Gesell; están aquellos que, aprovechando la ocasión, profundizan su discurso de odio hacia la juventud. No serán ni las fuerzas de seguridad (públicas o privadas) ni los políticos quienes puedan ofrecer solución alguna. Es más, son ellos los principales promotores de la violencia, los desvalores y la disgregación profunda que vive la sociedad. Lamentablemente, encuentra sus propios intérpretes entre la gente común que, al mismo tiempo, sufre esta decadencia.

Para comenzar a enfrentarla no existen atajos ni soluciones por fuera de nosotros/as mismos/as. Comencemos por valorar este sentimiento de compasión y cercanía que sienten tantas personas y, mejor todavía, de las valientes reacciones de aquellas que buscaron contrastar –aunque sea parcialmente– la indiferencia y la desidia. Acompañemos solidariamente el pedido de verdad y justicia de familiares y amigos de Fernando, un punto de partida fundamental para comenzar a rescatarse humanamente y romper con la complicidad con los violentos. Aprendamos a desactivar los conflictos a tiempo –o a no provocarlos– siendo más pacientes y tolerantes, contrastando el hábito patriarcal de la hostilidad permanente y por cualquier razón; a contribuir para que los lugares y momentos de diversión sean más seguros prestando atención al cuidado de quienes nos rodean, a rechazar activamente las condiciones de hacinamiento y alienación que ofrecen los que lucran con nosotros. De esa manera, los violentos podrán tener menos espacios para su prepotencia.

Para dar fuerza y promover esta posibilidad, es fundamental elegir juntos y fomentar la pacificación entre las personas, consciente y cotidianamente. Es decir, hacer primar y cultivar la defensa de la vida, la solidaridad, el respeto y la apertura al diálogo, combatiendo al mismo tiempo contra la violencia hacia las mujeres, el bullying, el racismo y la discriminación. Queremos ser protagonistas, junto a todas las personas que también elijan serlo, de la creación y expansión de relaciones y ámbitos humanos estables que se basen en la experimentación y cultivo cotidiano del encuentro y el conocimiento, de la independencia y la solidaridad, de valores alternativos de bien común y libertad expansiva.