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Brasil: reacción ante el racismo criminal

 

Continúan las manifestaciones antirracistas en Brasil luego de que el jueves pasado –justo en la víspera del Día de la Conciencia Negra– João Alberto Freitas, un afrobrasileño de 40 años, haya sido asesinado por dos guardias de seguridad blancos en un Carrefour de Porto Alegre. El hecho alentó importantes concentraciones frente a los supermercados de diferentes ciudades bajo el lema de “Las vidas negras importan”. Es que las personas solidarias y antirracistas no tardaron en asociar este crimen con el reciente de George Floyd y otros en los Estados Unidos.


El problema del racismo en Brasil, además de ser normalizado al compás de la disgregación social, ha sido en general ocultado bajo el mito de la “democracia racial”, el cual se construyó para incorporar la riqueza étnica existente en aquel país en un sistema opresivo. El vicepresidente Hamilton Mourão dijo, por ejemplo, que “en Brasil no existe el racismo”. Y sin embargo hay un racismo histórico y profundo: una de sus expresiones es la mayor represión y las peores condiciones de vida que sufren las y los afrodescendientes, mestizos e indígenas en comparación con los blancos. Esto ha sido agravado por el neofascista Jair Bolsonaro, que siempre ha alentado la mano dura policial y posibilitado que sean los sectores más humildes de la población los más damnificados por el Covid-19. Son muy importantes estas saludables reacciones desde abajo pero, al mismo tiempo, hay muchos desafíos y mucho camino por recorrer ante la delicada combinación de una violencia ampliamente difundida entre la sociedad y una democracia racista y racial que además es engañosa por sostener la idea y la invención nefasta de que existen las razas humanas. 

Ignacio Ríos