Crimen de Ramos Mejía: discursos aprovechadores y peligrosos

Por Camilo Sans e Ignacio Ríos.

El reciente y repudiable asesinato de un comerciante de La Matanza generó una reacción de los vecinos que marcharon a la comisaría de la zona pidiendo mayor presencia policial ante la indignación por el crimen e impulsados por el miedo y la indefensión que sienten. Si bien esta clase de reclamos expresan exigencias legítimas de mayor seguridad frente a la violencia cotidiana -cada vez más difundida y cruenta en las megalópolis en las que estamos constreñidos a vivir-, son utilizados de forma oportunista por parte de los sectores más reaccionarios para conseguir votos y justificar sus agendas políticas. En esta oportunidad, los que aprovecharon el dolor y la sensibilidad de la gente a pocos días de las elecciones fueron Espert y Larreta, aunque Berni y compañía no se quedaron atrás. Mientras que el primero en línea con el perfil bolsonarista del espacio que comparte con Milei (Avanza Libertad) dijo impunemente en los medios que hay que meterle bala a los delincuentes, negarle sus derechos humanos y bajar la edad de imputabilidad hasta los 12 años (¡!), desde el Frente de Todos no se quedaron atrás y Berni volvió a insistir con la utilización de las taser y con su discurso punitivista, aprovechando para seguir construyendo su imagen de “mano dura” en competencia con Patricia Bullrich.

Es fundamental denunciar el peligro que suponen estas ideas de odio, que retroalimentan otras como el racismo y se apoyan en la crisis que impacta en todas las dimensiones de la existencia y en el clima emotivo e irreflexivo preponderante. Lamentablemente cada vez cuentan con mayor arraigo entre la gente común y constituyen un peligro directo para los jóvenes pobres de los barrios populares, como los asesinados por la policía Luciano Arruga o Facundo Castro; pero también son un peligro para la misma gente que, de manera entendible, reclama por seguridad. Aumentar la presencia y otorgar mayor impunidad a la policía (partícipe habitual de los flagelos que cotidianamente ponen en peligro la vida de todos y que aumentan la violencia capilar, como el narcotráfico y la trata), delegar estas legítimas exigencias de cuidado de la vida y tranquilidad en las fuerzas represivas, ¿no agravaría aún más las cosas, generando más casos de gatillo fácil y, por ende, más crímenes y violencia?