Pacificación es…




Por Ana Gilly

Una posibilidad

El anhelo de paz, esencial para la vida, radica en todas las personas. Es una cualidad humana que ha permitido la continuidad de nuestra especie en el planeta. Hoy esta característica es negada o martirizada por los Estados y sus guerras, por la violencia patriarcal, por la rapiña de los grandes burgueses y la mez­quindad de los pequeños. Sin embargo, el deseo de paz puede sentirse dentro y fuera de sí, en cada persona y cada día. Si prestamos atención, las aspiraciones más sen­satas a la felicidad siem­pre aparecen asociadas a la amistad entre las personas queridas, a la concordancia con aquellas más lejanas del propio entorno, al bienes­tar expandido material y espiritual. Tal es la fuerza de la exigencia de paz que la falta de todo aquello es causa de un profundo ma­lestar, frustración, ansiedad y, en el peor de los casos, motivo de hostilidad hacia los demás. Hoy hay quienes –como las mujeres y jóve­nes iraníes– entienden que la posibilidad de una vida en paz tiene ejes cardinales calificados. Para decirlo con sus palabras, “Mujer, vida y libertad”. Pero hay quienes fueron mucho más allá. Ha­blamos de las y los revolu­cionarios de Plaza Tahrir (Egipto) y de Siria que, en el año 2011, adoptaron a la pacificación como una de sus principales consignas, entendiendo por esto la su­peración de las divisiones étnicas y religiosas, de gé­nero y de credo, intentando confrontar el desencuentro y la violencia. Fueron per­sonas comunes haciendo un ensayo extraordinario de unión en el respeto hacia las diferencias. Con el mis­mo espíritu se defendían de la brutal contrarrevolución: recurrieron a la violencia solo para defenderse y en las situaciones que real­mente lo ameritaban. Nues­tra corriente internacional, en tiempo real, eligió re­tomar y profundizar el va­lor de aquella búsqueda de pacificación revolucionaria como un verdadero princi­pio para asumir y proponer. Una ocasión perdida para el amplio arco de la izquierda mundial y vernácula porque sus concepciones políti­co-militares (y obreristas) no les permitieron aprender las lecciones que nos deja­ron aquellas/os protago­nistas. Algo más grave aún es que, salvo algunas excep­ciones, la mayoría de las or­ganizaciones les han dado la espalda frente a la masacre perpetrada por Bashar Al Assad.

Todas estas son peque­ñas y grandes pruebas que nos restituyen recursos hu­manos íntimos –sistemá­ticamente ocultados por los poderes opresivos– y concretos para pensar un compromiso por la pacifi­cación. Recursos posibles de descubrir, valorar y cul­tivar.

Un compromiso

Comprometerse por la pacificación es una elec­ción consciente, ideal y práctica, de hacer preva­lecer estas cualidades hu­manas en la vida cotidiana y en nuestros ámbitos de vida. Por ejemplo, en las escuelas y universidades donde estudiamos po­demos promover el co­nocimiento y la atención recíproca entre nuestras/ os compañeras/os, descu­briendo juntos la vida y sus interpretaciones más libres y justas, diferentes de aque­llas oscuras y obsoletas en las que buscan instruirnos. Podemos ser los primeros que levantemos la cabeza de los smartphones, apren­diendo a estudiar (y pen­sar) juntos, enfrentando la discriminación y el bullying sufrido hoy por miles de chicos y chicas, defendién­donos de la prepotencia de las autoridades. En los barrios en los que vivimos, muchas veces superpobla­dos y violentos, podemos elegir darnos a conocer entre nuestros vecinos, fo­mentando algunos criterios de cercanía y ayuda mutua contra la extrañeidad, la in­tolerancia y la indiferencia que usualmente prevale­cen. Pensemos en nuestros ámbitos de trabajo: pode­mos ser personas que sus­citan la solidaridad entre compañeras/os, siendo un factor de unión y conoci­miento para defendernos de la patronal y conquistar mejores condiciones.

En definitiva, un com­promiso por la pacificación requiere de una elección cotidiana de tolerancia y de atención recíproca, de protagonismo directo y so­lidario, aprender a mirar­nos y escucharnos mejor, a comprendernos mutua­mente, a dialogar partien­do de lo que nos une y abordando las diferencias. Pequeñas cosas, sí, pero que nos hablan de algo más vasto como la considera­ción que tenemos hacia las personas, de los valores que elegimos y de aspectos culturales alternativos a la decadencia que podemos iniciar.

Un combate por el bien

Quien anhela profun­damente la paz está con­tra la guerra en Ucrania y contra todas las guerras. Es importante combatir las mentiras divulgadas desde los palacios del po­der, desde los altares y las cátedras: no está en la na­turaleza humana la razón de las guerras –más allá de la indudable capacidad de violencia de los seres humanos– sino que son los Estados quienes idean, proyectan, organizan y practican la guerra. Y en esta fase, se vuelven cada vez más cínicos y expertos en la destrucción de la vida sobre el planeta. Creemos que ser protagonistas de pacificación es defender la vida y la libertad de las mujeres, primeras en el cuidado de todos, contra la violencia patriarcal; es promover una mejor con­vivencia entre hermanas y hermanos del mundo contra el racismo; defen­der y suscitar la libertad de elección en los más jóve­nes contra la prepotencia estatal y familiar; es defen­der la naturaleza primera contra la destrucción per­petrada por la burguesía usurera; es rebelarse con­tra la resignación sabien­do de nuestra capacidad –enteramente humana– de elegir ser mejores juntos; romper con la indiferencia hacia el sufrimiento ajeno enfrentando a las derechas democráticas ultrarreac­cionarias y sus lamenta­bles simpatizantes entre la gente común; es también apoyar y ser solidarios con quienes luchan por mejo­rar las condiciones de exis­tencia.

La pacificación es, para nosotros, una parte muy importante pero no el todo. Nuestro compromi­so, teórico y práctico, as­pira a la construcción de comuniones de mujeres y hombres libres, unidos por valores alternativos, afirmándonos sustracti­vamente para ser diversos en las sociedades disgrega­das donde estamos. Parte constitutiva de esta bús­queda es suscitar la paci­ficación junto a y entre las personas sensibles y reac­tivas, por eso le dedicamos nuestra Campaña de Auto­financiamiento.