Una contratendencia vital,
insuficiente pero indispensable, viene de un amplio abanico de mujeres que
cotidianamente abren paso a la vida sosteniendo a los demás. Por ejemplo, miles
de ellas alimentan a más de 10 millones de personas en comedores y merenderos comunitarios;
el personal de la salud, en su inmensa mayoría femenino, sigue cuidando a todos
a pesar de los maltratos permanentes del Estado; las maestras que intentan, como
pueden, seguir acompañando a los más pequeños en su crecimiento, o la
iniciativa de tantas que están al frente de la defensa de la naturaleza. Las mujeres
son primeras en el cuidado de la vida incluso en escenarios mucho más dramáticos
como las zonas devastadas por las guerras. Mientras los Estados esparcen la violencia
bélica por el mundo, el género femenino, refractario a la guerra, se dedica a preservar
a la humanidad. Es decir, si la vida continúa, es gracias a la iniciativa cotidiana
de las mujeres y la colaboración y cooperación que suscitan junto con los hombres
más disponibles.
Esta primariedad femenina
es verificable en cualquier momento y lugar, todos los días. Pero no se reconoce,
no se piensa ni se teoriza, en primer lugar, porque desde hace miles de años el
género femenino está sometido a violencia y atropellos cotidianos, es decir, a la
opresión patriarcal que, además de ser fuente de miedo y sujeción, condiciona gravemente
la conciencia de las mujeres.
Pero, aun así, cada aspecto
de la vida de las personas, desde las necesidades más urgentes como la nutrición
y el abrigo hasta las exigencias más íntimas de afecto, aliento, protección y consuelo,
son pensadas y realizadas, en primer lugar, por mujeres. Es evidente que no siempre
se hace de la mejor manera, porque ser mujeres no es, de por sí, una garantía de
bien. Entran en juego las elecciones y los valores que las inspiran y las distintas
interpretaciones de la vida. Pero reconocer la autenticidad de la primariedad femenina
es un primer paso para ser mejores mujeres y hombres, rehabilitando la propia humanidad
atacada por el patriarcado y los Estados.
Más aún, convendría inspirarse
en las mejores expresiones de esta primariedad para cualificar el compromiso por
el bien común. Por ejemplo, defender el respeto y la dignidad de las mujeres, su
libertad de decidir, tejer lazos solidarios para confrontar la violencia machista
en todas sus formas son los primeros pasos, ineludibles, para mejorar nuestros ámbitos
de vida y de compromiso. Pensemos, si no, en las lógicas patriarcales que perviven
–a pesar de la radicalización femenina de los últimos años– en los colectivos y
organizaciones del campo popular, incluso de izquierda, que hace muy poco tiempo
han tomado como parte de su programa algunos derechos elementales de las mujeres.
Bienvenido sea, porque durante muchísimos años cualquier inquietud relativa a la
condición femenina era tachada de “pequeñoburguesa” y hasta denunciada por promover
la división de la clase trabajadora. Si hoy existe esta preocupación, es gracias
al empeño de algunas valientes que intentan abrirse paso en ámbitos históricamente
hostiles hacia la libertad de las mujeres, como son los partidos políticos. Pero
este cambio no significó, ni significará, una transformación sustancial en la manera
de concebir la liberación de los oprimidos, ni en los comportamientos cotidianos
en la relación entre los géneros. A lo sumo, la perspectiva de la política ha llegado
a ponderar los cupos femeninos y la trampa de la “paridad” que indican que, para
afirmarse en este contexto, las mujeres deben imitar la peor versión de los hombres
y aspirar a ocupar los cargos en un mundo diseñado por ellos. Una idea, por otro
lado, nada original. En este país, el peronismo fue la corriente que ha sabido someter
y disciplinar el protagonismo femenino a la medida de las exigencias del patriarcado
y sus instituciones. Mención aparte merece el compromiso feminista ampliamente entendido.
Es hora de interrogarnos seriamente sobre esto. Los ámbitos en los cuales las mujeres
puedan comprometerse juntas para mejorar sus condiciones de existencia y reconocer
sus características más profundas son fundamentales. Los feminismos, en su mejor
versión, fueron importantes como “diques de contención” contra la violencia patriarcal,
pero siempre conservaron una postura defensiva y reivindicativa que no contribuye
a tomar conciencia de la fuerza vital del género femenino, ni a pensar las perspectivas
benéficas de su liberación.
Creemos que reconocer y
asumir la primariedad femenina nos abre horizontes de liberación mucho más auténticos,
creíbles y satisfactorios, para las mujeres y los hombres que lo elijan. Una posibilidad
que requiere de mucho empeño y sinceridad, de capacidad para mirar dentro y fuera
de sí, reflejándose en otras y otros a la luz de las raíces antropológicas que nos
unen como seres humanos. Seguramente, descubrir la primariedad femenina para las
mujeres signifique aprender a pensar(se) de una manera diferente, identificar y
valorar las mejores características tomándose la plena libertad para desplegarlas,
compartirlas y mejorarlas, superando inseguridades y temores, creyéndose verdaderas
guías en el desarrollo de las relaciones entre sí y con el género masculino, juntando
el coraje necesario para hacerlo, tanto cuando se ofrece resistencia como cuando
somos sobreprotectoras y condescendientes con sus peores hábitos. Para ellos, requiere
otro tipo de esfuerzo, que vale la pena porque los beneficios (y no los “privilegios”)
son muchos. Por ejemplo, primariedad no rima con igualdad. Ser mejores varones no
significa solo ser más colaborativos. Aunque esto es auspiciable, es lo mínimo que
requerimos. Exige aprender a pensar de nuevo en las mujeres de su vida: madres,
hermanas, abuelas, amigas, amores, compañeras, que han sostenido su crecimiento,
e interrogarse verdaderamente sobre la propia complicidad con la opresión que sufren.
Preguntarse si la libertad de las mujeres que aman puede expandir la suya o si,
por el contrario, esta es motivo de frustración y recelo. Disponerse a que ellas
sean fuente de aprendizaje para ser más sensibles, más atentos, más cuidadosos,
menos predispuestos a la violencia, más determinados a combatir la complicidad machista.
¿No es esto ya un ensayo para ser mejores humanas y humanos?
Pensar en la primariedad
femenina es una posibilidad de cambiar radicalmente la manera de pensar la vida
y el compromiso por defenderla y transformarla; la colaboración y cooperación entre
las personas que se unen; el lugar que ocupan las ideas y también los sentimientos
que albergan entre sí, los valores que crean y sedimentan con los demás, en las
luchas y en la vida cotidiana. Por ejemplo, puede permitir una visión de conjunto
y más eficaz que tenga en cuenta las grandes cuestiones y rehabilite la importancia
de las pequeñas, diferente a la concentración obsesiva que pondera los “resultados
concretos” en detrimento de las personas y el ambiente que las circunda. Concentrarse
en el cuidado y el crecimiento de la conciencia de cada una/o, el despliegue de
sus mejores vocaciones y capacidades prácticas en función del bien común, agrediendo
las separaciones propias de la burguesía que reduce lo humano a la capacidad de
producir. Desarrollar relaciones y grupos en los cuales el conocimiento y la simpatía
animen el actuar juntos; alentar la concordancia y la pacificación entre personas
de bien, contra la lógica bélica del conflicto y la competencia permanente. Cultivar
la fuerza de la cooperación solidaria, y no aquella de la imposición del más fuerte.
Enseñar a elegir libremente y en común, educar en la rigurosidad intransigente y
afectuosa para poder ser mejores y, así, más combativos contra los opresores. En
definitiva, un compromiso autoemancipatorio que interprete y busque la afirmación
femenina como afirmación de todos. En este camino estamos las y los compañeras y
compañeros de Comuna Socialista, inspirados en la Corriente internacional Humanista
Socialista. Intentamos construir y expandir agregados humanos inspirados en esta
idea, apasionadas/os y contradictorias/os, audaces, aunque a veces un poco ingenuas/os,
determinadas/os a mejorarnos aprendiendo a hacerlo juntas y juntos.
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