Primer encuentro para pensar un compromiso de izquierda inspirado en el humanismo socialista: Ser, proyectar y actuar mirando al mundo

Por estos días, nuestra atención se centra en las zonas de Turquía y Siria golpeadas por el terremoto; en los ojos de esos niños y niñas rescatados de los escombros y en la sonrisa de los rescatistas cuando encuentran, gracias a su heroico coraje, a alguna persona con vida; en la necesidad de justicia de los seres queridos de las miles de víctimas.
Como se explica en nuestro periódico (ver pág. 3 de Comuna Socialista 78*), dichos sucesos pueden despertar nuestro íntimo e indeleble sentido de la humanidad porque nos instan a reconocer nuestra similitud en la defensa de la vida, por lo tanto, en el rechazo a la muerte absurda e injusta, que se traduce en el deseo de ayudar. También pueden despertar una mayor conciencia de la criminalidad de los Estados, que por las condiciones que imponen y por cómo abordan las emergencias naturales agravan más todo. Más aún, si hablamos de criminales consagrados como Erdogan, represor y perseguidor incansable de la población kurda en Turquía, y Bashar Al Assad, carnicero despiadado de la revolución siria de 2011.


Solo un par de décadas atrás, incluso menos, persistía entre muchas organizaciones y personas de izquierda (especialmente, las de orientación trotskista) la motivación de ampliar la propia mirada yendo más allá de lo contingente y más allá del estrecho ámbito de lo presuntamente propio, de las fronteras artificiales impuestas por los Estados y las lógicas nacionalistas. Entusiasmarse por las luchas de liberación o revolucionarias de pueblos lejanos o sensibilizarse por tragedias en otras partes del globo hacía parte, aunque no de manera explícita, de una idea de bien que tenía como referencia a la humanidad o, al menos, a su parte más atacada por los poderosos.
Así fue siempre para nosotras/os en nuestra historia, inspirados en los mejores maestros y maestras como Rosa Luxemburg y, a diferente nivel, Nahuel Moreno. Consideramos la solidaridad internacional un principio y nuestra fundación encontró su ritmo al compás de las interpretaciones que hemos hecho de los movimientos de nuestra gente aquí y allá, activándonos a su lado, buscando aprender siempre, desafiando esquematismos (también los propios), y enfrentando el nacionalismo y el latinoamericanismo burgués de los reformistas.


Hoy en día, la crisis del compromiso o su reducción a cuestiones cada vez específicas, más superficiales de la “agenda política” cotidiana y su circunscripción al terreno electoral o institucional, ha deteriorado aquella esperanza de sentirse más parte de la humanidad doliente y combativa que se expresaba con fuerza, por ejemplo, cuando miles en el mundo se radicalizaban contra la guerra en Vietnam, o palpitaban la suerte de la lucha del pueblo nicaragüense contra la dictadura de Somoza.
La izquierda revolucionaria argentina ya no contribuye al crecimiento de una conciencia de la familia humana que todas y todos somos. Una mayor conciencia en este sentido sería un buen impulso para el desarrollo de una movilización contra la guerra en Ucrania y, a su vez, podría motivar ideas y prácticas de pacificación para enfrentar la violencia desde arriba y desde abajo en la vida cotidiana.
La época trágica que vivimos, que sintetiza en clave decadente los peores rasgos de los opresores, puede inducirnos a intentar desentendernos de lo que pasa en el mundo. Pero más allá de que esto sea imposible, porque todas y todos estamos inevitablemente vinculados, si nos aproximamos a una mirada antropológica y esencialista (como podemos intentar hacer leyendo la serie de ensayos “Las primeras raíces y el último imperio”, de Dario Renzi) tal vez estemos en condiciones de empezar a identificar señales de esperanza que ponen en evidencia algunas exigencias humanas comunes, profundas y positivas.
Hace meses que la revuelta de la gente común en Irán continúa, inspirada y guiada por mujeres, protagonizada también por jóvenes y diversos sectores sociales que desafían con coraje una represión asesina y por fuera de los cánones de la política tradicional, movilizándose en torno a un programa simple y esencial: Mujer, vida, libertad (ver artículo de Sara R. en página 3 de Comuna Socialista 78*).


En Perú, desde hace semanas se desarrolla una revuelta para denunciar a la casta de políticos corruptos, a los militares y a la policía, a los grandes empresarios y a los medios de comunicación tradicionales. En este caso también la represión es feroz, pero esto no ha acallado a las poblaciones. La justicia de sus reclamos necesita seguir desarrollándose en una perspectiva independiente de los poderes opresivos, lo que implica hacer cuentas con las ilusiones institucionales y en el populismo retrógrado de Pedro Castillo que tienen algunos de los protagonistas.
Mientras tanto, en Inglaterra y Francia la gente común también se moviliza. Enfermeras y enfermeros ingleses exigen una retribución más justa encontrando la simpatía activa de sectores de la población; y millones de mujeres y hombres franceses han hecho huelgas contra el aumento de la edad jubilatoria.
Nos convence el análisis de nuestras compañeras y compañeros de La Comune, de Italia, y lo queremos compartir. Más allá de la enorme diversidad de las situaciones, “hay un sentimiento implícito pero sólido que unifica estos acontecimientos expresando una voluntad profunda y un protagonismo de nuestra gente que los anima: es el deseo de cambiar para ser libres, para cuidarse eficazmente, para disfrutar la ancianidad. En dos palabras: para vivir mejor”. “… hay una irrupción pacífica y propositiva de subjetividades colectivas –mejor dicho, comunes– que se constituyen, se unen y se reconocen en una perspectiva de cambio positivo”.


El minimalismo estéril que caracteriza a los compromisos políticos podría ser positivamente superado a condición de ampliar la mirada. Recuperar una perspectiva que tenga en cuenta a la humanidad común que somos puede ayudarnos a sentirla y acogerla dentro de nosotros, mejorándonos. Puede estimularnos a despertar una reflexión más profunda e íntima acerca de qué significa ser humanos; a buscar unirnos y hermanarnos en torno a exigencias más radicales; a construir solidaridad y reciprocidad cotidiana enfrentando el egoísmo de los poderosos; a desarrollar un empeño de afirmación sustractiva respecto de las fronteras, por lo tanto antirracista y de hospitalidad hacia los inmigrantes; a fomentar una cultura de valores propensa a la comunión humana. Aspectos que deberían ser centrales en un compromiso de izquierda y en los que queremos educarnos y probarnos cada día. 
Comité de Redacción
Publicado originalmente en Comuna Socialista 78

Sábado 22 de julio -16 hs
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