Ir al contenido principal




Vacunas, Estados y multinacionales farmacéuticas

 

Vacunarse contra el Covid-19 es necesario y sería bueno hacerlo lo antes posible. Al mismo tiempo, observar lo que está ocurriendo en el mundo nos permite tener en cuenta un par de cosas útiles sobre las vacunas.

Poderse vacunar amenaza con convertirse en un privilegio: los países (es decir, los Estados) más poderosos y ricos están acaparando una gran porción de las vacunas en producción. De esta forma, la parte más pobre de la población mundial peligra con acceder a la vacuna demasiado tarde o de no acceder en lo absoluto: esto representa una amenaza para ellos/as y para toda la humanidad, considerando que el virus no conoce fronteras y seguirá circulando si no es erradicado en todas partes. El egoísmo nacionalista de los Estados amenaza con impedir que la lucha contra el Covid sea eficaz y rápida, como sería necesario y también posible.

Desde el comienzo de la pandemia, en lugar de una útil y fructífera cooperación científica sin fronteras que valgan ante un peligro común, los intereses de los Estados y las multinacionales farmacéuticas han determinado una competencia para ver quién llegaba primero a producir una vacuna eficaz, bajo la codiciosa mirada de los mercados financieros.


Esta dinámica, por desgracia ya conocida e inevitable considerando los sujetos intervinientes, ha llevado (y llevará) a la introducción en el mercado de numerosas vacunas que usan diferentes tipos de tecnología, al menos tres: con el virus inactivo (por ejemplo, la china Sinovac), con vector viral (la vacuna rusa Sputnik) y con ARN mensajero (la de Pfizer y Moderna). Los Estados que pudieron hacerlo llegaron a acuerdos para procurarse esta o aquella vacuna en base a cálculos políticos e intereses comerciales (ambos inconfesables) y solo secundariamente –esto en el mejor de los casos– en razón de la seguridad y la salud de las personas. 

Frente a las necesidades de la gente común, frente a los peligros también para la salud que existen en esta fase histórica, los Estados muestran su obsolescencia y confirman ser ellos mismos un peligro del que cuidarse. 

Piero Neri