Por Mireya Almuzara
La
frontera que separa EEUU de México es de las más mortíferas del mundo. En los
3.145 kms de su recorrido existe un pequeño tramo de 15 metros de ancho donde
familiares pueden tocarse a través de una valla de acero. En este lugar de
playa angosta, entre San Diego y Tijuana, los agentes del servicio de aduanas
de Estados Unidos hacen la vista gorda y permiten que familias se encuentren
brevemente.
En
este tramo de frontera, conocido como el Parque de la Amistad, se reúnen seres
queridos cada semana. Muchos otros llegan de más lejos: la visita es una
ocasión especial, un viaje que tal vez hagan una sola vez en su vida. Ven a
familiares que no han visto en años, incluso décadas, o a veces se despiden de
quien vive al otro lado de la valla.
Este
parque tiene más de 50 años. La primera dama Pat Nixon lo institucionalizó al
visitar la zona y hallar una playa de reencuentro y celebraciones entre
personas de un lado y otro de la frontera cuando entonces era una alambrada.
Durante todos estos años se ha defendido y dado a conocer a través de
colectivos de inmigrantes, grupos vecinales de apoyo y de iglesias y, pese a
las dificultades de acceso, han convertido el parque en un lugar de intercambio
cultural, reencuentro familiar, de ceremonias religiosas, de clases de yoga e
idiomas, de consejos legales gratuitos, de conciertos y muestras de
solidaridad.
Este oasis humano de frontera se podía conocer sólo a través del boca a boca entre la gente y ha soportado las acusaciones de narcotráfico, trata de personas o venta de documentación falsa. Campañas que Trump utilizó para justificar su represión fronteriza pero que el Secretario de Seguridad Nacional actual, bajo el gobierno de Joe Biden, ha asumido, proyectando la sustitución de los muros que rodean el parque por otros más altos. Los amigos del Parque de la Amistad lo están denunciando y cuentan que seguirán defendiendo su proyecto intentando que la gente haga amigos más allá de las fronteras.
Publicado en Socialismo Libertario (Estado español) n.150