De frente a una nueva guerra: sacudir las conciencias, defender la vida

Por Ignacio Ríos

Estalla una nueva guerra en la Franja de Gaza, con bombardeos incesantes que terminan con la vida de miles de personas, incluyendo niñas y niños, e incursiones terrestres del ejército israelí que presagian lo peor. Se trata de una pequeña región del mundo en extremo martirizada, cuyos habitantes sufren hace décadas una injusticia histórica, rodeados por un Estado militarista que pretende erradicar de aquellas tierras la presencia árabe palestina. Además, hoy se encuentra dominada por una formación islámica reaccionaria que utiliza métodos terroristas y controla férreamente a sus habitantes. En suma, una nueva guerra inscripta en la aceleración bélica de la actual fase mundial marcada por otros conflictos, como la guerra en Ucrania en primer lugar, que lejos está de concluir y amenaza con hacerse crónica.
Justamente, es una fase de guerras sin fin, en la que las guerras llaman a otras guerras. De caos y desorden, de crisis del sistema democrático totalitario que, capitaneado por Estados Unidos, se había erigido luego de la Segunda Guerra Mundial. ¿O incluso ya podemos hablar de fin del sistema? El ataque de Hamas del 7 de octubre en el sur de Israel no se produjo en cualquier momento, sino en uno en el que el gobierno de Biden negociaba para que Arabia Saudita –ni más ni menos que la cuna del Islam– concertara la paz y el reconocimiento con el Estado de Israel a cambio de acuerdos militares. Una movida temeraria que, si en otro momento podría haber funcionado, provocó una nueva desestabilización en la región. Tampoco hay algún actor político global de peso que haga primar una cierta cordura y promueva un alto el fuego, lo que incluye a ese papel mojado que son las resoluciones de la ONU en lo que atañe a Israel.
El sistema democrático dirigido por Washington no está en condiciones de gobernar ni de poner orden en ningún lugar de la Tierra y mucho menos en Medio Oriente. Es una manifestación de que el mundo diseñado por los opresores se está terminando, lo que genera nuevos conflictos y peligros inmensos para la gente común del planeta, pero también plantea interrogantes: ¿pueden nacer mundos nuevos, más a la medida de los seres humanos?

La guerra impacta a todo campo
 
El teatro de los acontecimientos bélicos puede estar lejos, pero no es impedimento para que nos sensibilicemos y nos activemos contra esta guerra, en solidaridad con nuestros semejantes que sufren, en defensa de la vida y la humanidad común y diferente que somos. Somos una misma familia humana, acomunados por necesidades, exigencias y características similares que se interpretan, manifiestan y dirigen de miles de maneras diferentes. Esta diferenciación es y fue percibida en numerosas ocasiones como un choque, una contraposición, un obstáculo que da rienda suelta al racismo y la intolerancia. De esto último hacen gala, ante todo, los Estados con sus fronteras y las culturas opresivas con sus nefastas ideologías “racialistas” o de superioridad de una sobre la otra. En realidad, ese factor puede ser un motivo de enriquecimiento, una base para la solidaridad y la identificación contra los enemigos de la humanidad. ¿Cuánto podría hacer bien a la gente de Palestina e Israel rastrear y reconocerse, recíprocamente, en la tenacidad por vivir del pueblo judío ante el Holocausto nazi, así como en la resistencia y la esperanza del retorno entre las poblaciones árabes frente a la Nakba perpetrada por el monstruo sionista?
La furia bélica del Estado de Israel se desencadena contra la población de la Franja de Gaza y contra las estructuras sanitarias, las comunicaciones y la infraestructura, mientras se impide el ingreso de ayuda humanitaria y un millón y medio de personas debieron desplazarse sin garantías de encontrar lugar seguro. Por otro lado, además de solidarizarnos con las víctimas de los ataques de Hamas y con los secuestrados, la población israelí también se encuentra –aunque por supuesto no de la misma forma– mortificada por la situación de guerra permanente planteada por su Estado y por un gobierno particularmente prepotente e intolerante como el de Benjamin Netanyahu. Ese malestar se manifiesta en las recientes movilizaciones en Israel contra el desacreditado poder ejecutivo y, muy especialmente, en las voces disidentes que denuncian y no quieren ser parte de la maquinaria bélica sionista. Aun en minoría son señales importantes, indicios de la esperanza de una posible obra de pacificación entre los pueblos. También de una factible ruptura, por parte de los sectores más sensibles, de la tradicional complicidad de la sociedad israelí con las políticas criminales contra los palestinos (podemos pensar en el rol jugado por los colonos de extrema derecha).
Esta guerra nos atañe a todas y todos, incluso aquí. Junto con los demás conflictos en curso, hace que el mundo se vuelva un lugar más peligroso al fomentar el odio, la intolerancia, el alza de la vara de la barbarie y de las salvajadas, las dichas y las practicadas. Comporta consecuencias también para el mundo interno de cada persona y para las perspectivas de futuro. Desde este punto de vista, no es casual que en un contexto como el nuestro, en donde no hay guerras convencionales declaradas, así y todo crezca una extrema derecha que niega los crímenes de la dictadura genocida o que impulsa la libre portación de armas.

Dramas y reacciones palestinas
 
Esta guerra sanguinaria en la Franja de Gaza tiene que ver con las líneas de tendencia actuales, pero por supuesto se conecta con uno de los puntos sin resolución más graves que deja el agónico sistema democrático de posguerra. La instauración del Estado de Israel en los territorios palestinos en 1948 significó una enorme prepotencia e irresponsabilidad de parte de los vencedores de la Segunda Guerra Mundial, los mismos que poco habían hecho para salvar a los judíos de los nazis más allá de esperar a ganar la guerra. El sionismo fundador del Estado de Israel no se limitó a construir un proyecto colonizador, sino que comenzó un plan de limpieza étnica que significó verdaderas masacres y la destrucción de poblados enteros obligando a centenares de miles de palestinos a abandonar sus hogares.
Desde ese momento en adelante, el pueblo palestino se vio obligado a vivir fuera de sus tierras –en su mayoría en campos de refugiados–, como parias dentro de Israel o vigilados en los territorios administrados por las autoridades palestinas. Emergía con fuerza la exigencia de defender su autodeterminación y su derecho al retorno, mientras que las mujeres palestinas, en primer lugar, reinventaban cotidianamente la vida en la Franja de Gaza, Cisjordania y los campos.
La revuelta espontánea de 1987 protagonizada por miles de jóvenes y mujeres, conocida como Intifada, demostraba que, pese a la presencia de los ejércitos de ocupación, era posible la lucha popular. Se desarrollaron huelgas y diversas formas de desobediencia civil y también fueron creados los Comités Populares de Autogobierno en barrios, poblados y ámbitos sanitarios y educativos. A partir de ellos, se gestionaba cada aspecto de la vida de la población, con las mujeres desempeñando un rol de primera línea. Posteriormente, la Intifada sería atenazada por la represión israelí, la traición de los políticos de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) y la creciente influencia de formaciones como la recién creada Hamas (dependiente de los Hermanos Musulmanes) y la Yihad Islámica, que imprimieron un giro militar al levantamiento que, de esa forma, se fue debilitando y extinguiendo.
 
Un posicionamiento tan necesario como humano

Considerando estos trazos de la historia del indómito y valiente pueblo palestino, los ataques de Hamas del 7 de octubre en el sur de Israel no pueden ser considerados como “legítima resistencia” a la que haya que prestarle “apoyo incondicional”, como afirma buena parte de la izquierda, las organizaciones y los colectivos que dicen tomar la causa palestina en sus manos, manifestando un problema de índole moral y ético. Las finalidades de Hamas (construir un mini-Estado teocrático en Gaza) son coherentes con sus métodos reaccionarios, especulares al monstruo sionista a pesar de la evidente desproporción en medios y fuerza militar. Pensemos lo que significa que hayan sido asesinados y secuestrados civiles israelíes inocentes, entre ellos activistas por la paz, defensores de los derechos humanos y de la causa palestina e investigadores bien posicionados y solidarios que vivían en el sur de Israel también por razones de compromiso. Son personas que estaban demostrando que es posible la colaboración y la vida en común, a pesar de los Estados o de los aspirantes a serlo. Piezas clave de esa posible obra de pacificación entre los pueblos árabe y judío que resulta tan necesaria como postergada y que hoy, lamentablemente, parece lejana a causa del rugir de las bombas.
Recordemos, además, que tanto Hamas como Al-Fatah –formación política predominante en Cisjordania– contuvieron la penetración de la revolución humana que estalló en Egipto y Siria en 2011. Revoluciones que hablaban de hermandad, protagonismo y solidaridad y que estaban enfrentando a regímenes corruptos y represores como los de los países árabes. Debido al rol contrarrevolucionario de estos aparatos y a la espiral de guerra y terror que dañó las conciencias de los hombres y las mujeres de Palestina, esas revoluciones de la gente común no lograron penetrar en Gaza o Ramallah, lo que podría haber llevado la lucha del pueblo palestino a una nueva fase.
 
Unidos contra la guerra
 
De ninguna manera puede ser considerada como “legítima defensa” la salvaje invasión israelí sobre la Franja de Gaza en curso, que por supuesto tendrá consecuencias mayores y acarreará mucho más sufrimiento para los palestinos. Evidentemente, a Hamas –movido por una lógica bélica en pos de sus propios intereses– no le importó la suerte de miles de gazatíes, indefensos ante uno de los ejércitos más poderosos del mundo. Arrecia la propaganda bélica, y los representantes del sionismo, no solo en Israel, sino en todo el mundo, también en Argentina, vierten mentiras, desconocen la responsabilidad histórica del Estado de Israel en el conflicto e intoxican las conciencias valiéndose del impacto de las irresponsables acciones de Hamas.
Es necesario, y también posible, reaccionar en contra la guerra y el terrorismo por la pacificación entre los pueblos, por la libertad y el bien común. Judíos y árabes palestinos pueden reencontrarse reconociendo las injusticias sufridas y decidiendo enfrentarlas juntos, logrando que prime la identificación en la humanidad común antes que las pertenencias estatales, religiosas o étnicas.
Un camino de paz no puede provenir de los Estados, ni de uno, ni de dos ni de varios. Todos ellos nacen de la guerra, viven de ella y hacia la guerra van. La única posibilidad de esperanza para la gente en Palestina reside en la perspectiva de una convivencia benéfica entre árabes, judíos y cristianos y todos los que quieran vivir en paz en aquellas tierras.
Esta tragedia está sensibilizando a muchas personas que anhelan verdaderamente la paz y la solidaridad. Especialmente estimulantes son las demostraciones de judíos en diversos países del mundo (desde la estación central de Nueva York hasta el mismo Israel) que no quieren contemplar de forma pasiva nuevas masacres “en su nombre”. O de palestinos que, a pesar de la historia que tienen sobre las espaldas, condenan con claridad las acciones de Hamas. Estos ejemplos y reacciones, más grandes o más pequeñas, pueden alimentar las conciencias y quizás alentar a un compromiso por fuera de las lógicas bélicas y estatales. Ninguna paz vendrá de los Estados. Se requiere de espacios y ámbitos alternativos en donde prevalezca el respeto, el conocimiento, la escucha, el diálogo y la ayuda recíproca. Construir una mejor convivencia humana es posible partiendo de las tensiones más esenciales que mueven a todos los seres humanos y que pueden contribuir a que se identifiquen entre sí, en contraposición al odio, al racismo y al belicismo de los enemigos de la humanidad.

Publicado en Comuna Socialista 87