Destrucción sin fin ni finalidad

 



Piero Neri

Si escuchando los noticieros o leyendo los diarios sobre Medio Oriente advertimos una cierta confusión, es porque el caos no está solo en nuestra cabeza. Está sobre todo en esta martirizada región.

Seguro hay una guerra, y es terrible. Pero los objetivos reales de los contrincantes resultan oscuros. El jefe de la ofensiva sanguinaria y genocida de Israel en Gaza –Netanyahu– no ha clarificado cuál será el destino de los territorios conquistados, devastados, y de su población. Tampoco se sabe cuándo terminará la guerra, porque su objetivo declarado –liquidar totalmente a Hamas– es una ilusión. Pero también es difícil decir cuáles son los objetivos reales de los fascistas islámicos de Hamas, considerando que no pueden ganar esta guerra contra Israel. 

La decadencia de los poderes político-militares dominantes –grandes y chicos, Estados y bandas estatalistas– se expresa en su incapacidad de proponer objetivos creíbles y funcionales que pongan orden en esta área. Tienen armas, tantas armas letales que matan mujeres, niños, civiles, pero no tienen propuestas viables ni una visión global –incluso en su lógica opresiva–. Se mueven en función de intereses de poder cada vez más contingentes y mezquinos.

Vivimos en una época de guerras y conflictos que aparecen sin fin y sin finalidades claras. Y los Estados democráticos resultan tan belicistas como poco lúcidos e irracionales. De hecho, proceden a través de movimientos empíricos aislados e improvisados, exacerbando los enfrentamientos. No llaman ni siquiera a las cosas por su nombre: en tiempos de guerra, la demohipocresía llega a su apogeo. De esta manera, Estados Unidos y Reino Unido, después de los ataques de los hutíes –posicionados con Irán y con Hamas– a sus naves en el Mar Rojo, bombardean varias veces en Yemen. Pero afirman que esto no representa ‘‘la apertura de un nuevo frente de guerra’’. Estados Unidos, sin bien sigue protegiendo a Israel, declara no querer una escalada regional, pero –además de lo de Yemen– atacó repetidamente a las milicias chiítas en Irak. La Unión Europea se decide por una misión naval en el Mar Rojo contra los hutíes, pero ‘‘tendrá objetivos solo defensivos’’. Y la democracia israelí, para defenderse de la acusación de genocidio en Gaza, llega a decir que la masacre de civiles palestinos es algo que ‘‘sucede’’, ‘‘no es intencional’’.

Con respecto a la capacidad de contener el belicismo, actualmente la presumida superioridad de los regímenes democráticos frente a los autoritarios no es para nada tal, más bien lo contrario. En Medio Oriente, las democracias en guerra han sido y son sanguinarias y peligrosas no menos que las teocracias y las dictaduras.

De esta manera, también esta guerra tiende a extenderse: en Medio Oriente, además de en Palestina e Israel, el conflicto involucra hasta ahora –en grados muy diversos– también al Líbano, Siria, Irak, Yemen, Irán y Pakistán. También un posible alto al fuego, ciertamente auspicioso por el respiro que daría a las poblaciones golpeadas, sería, en estas condiciones, muy probablemente solo la preparación de una guerra ulterior.

La sensación de peligro que sentimos cuando miramos a Medio Oriente está entonces bien fundada: porque no es claro hasta dónde llegará este conflicto, pero sobre todo porque muchos inocentes, después de innumerables matanzas y sufrimientos, están todavía en peligro. Y todo esto llama en causa a nuestra humanidad, que también está amenazada por riesgos de acostumbramiento e indiferencia.