La religión incivilizada de Trump

 


Barbara Spampinato

Alrededor de un tercio del electorado republicano cree que Trump fue enviado por dios. Lo que significa que, si bien es grave que el expresidente pueda acceder de nuevo a la Casa Blanca, son aún más preocupantes las razones por las que la gente lo elige como candidato.

La religión siempre fue un ingrediente clave de la política estadounidense, pero el hecho de que haya quien considere a Donald Trump el salvador de Estados Unidos contra Satanás –que se manifestaría en suelo nacional sobre todo a través de la promoción de los derechos de elección de las mujeres y la presencia de inmigrantes que amenazan el estilo de vida americano y los dictámenes bíblicos– es algo ulterior y algo nuevo. Se relaciona con las fobias y la irracionalidad generadas por la implosión del sistema, entre los retrógrados que idolatran a Trump.

En el pasado, en Estados Unidos se hablaba de una religión civil para señalar que la nación estaba constituida por comunidades de fieles protestantes que también, o ante todo en cuanto tales, se convirtieron en ciudadanos y en parte del pueblo, en cuya moneda, en cuyo himno, en cuyos tribunales de justicia la referencia a dios es irrenunciable.

La primera democracia del mundo está lejos de ser laica; sin embargo la que ve en Trump al nuevo Mesías parece más bien ser una religión incivilizada, útil para captar votos, pero con un significado que sin duda disgrega las ya laceradas comunidades sociales y religiosas de la América profunda. En efecto, los que van a aclamarlo o se manifiestan a favor de su inocencia en los juicios que lo afectan llevando consigo la cruz, o los evangélicos que levantan las manos para bendecir el Despacho Oval, o aquellos que rezaron con él en la apertura de las primarias en Iowa, en la mayoría de los casos ya no son parte de ninguna comunidad de creyentes: son personas que hace tiempo no frecuentan ninguna iglesia. El individualista fóbico y, por eso, supersticioso, solo y sin lazos comunitarios, convencido de que el otro es un extraño del que sospechar –si no ya un enemigo contra el que desplegar las defensas– es para Trump el votante modelo. Además, en estos sectores sociales está difundida la convicción de que un bien más común representa una amenaza, inmediatamente reconducida a poderes tan lejanos y adversos que llegan a incriminar incluso al nuevo Mesías, que se presenta (y al que ellos ven) como un perenne perseguido. Y él no deja de recordárselo en los mitines: “cuando me persiguen a mí, en realidad, te persiguen a vos”.

Incluso la carrera presidencial de Trump demuestra cuán centrales son las cuestiones de la subjetividad y la búsqueda del bien, en este caso dirigidas en clave totalmente negativa, para los seres humanos: por otra parte, los recursos y valores más positivos para las agregaciones comunitarias no tienen cabida en la política que, de manera ejemplar en Estados Unidos, siempre ha recurrido a la mayor fuerza movilizadora de la religión.

La implosión del sistema exacerba sus vicios originales y pone en evidencia la exigencia de visiones humanas radicalmente alternativas.


Publicado originalmente en La Comune (Italia) 438