Sobre la muerte de Navalny en Rusia: asesinado y santificado

Piero Neri

“Ratas”, “cucarachas”, “manzanas podridas a eliminar”: así insultaba Alexei Navalny en el pasado a los inmigrantes provenientes de Asia Central y del Cáucaso. Navalny, que creció al inicio de su carrera política en un ambiente nacionalista, antisemita y neonazi, fue expulsado del partido liberal Yábloko a causa de sus posiciones ultraderechistas. Nunca renegó de sus ideas originarias con las que se había hecho conocer en Rusia y, hasta el final, sostuvo siempre un feroz nacionalismo que lo llevó a apoyar las guerras de Putin en Chechenia y Georgia. Con el paso del tiempo, en función del apoyo recibido por las democracias occidentales en clave anti-Putin, hizo más “presentables” sus posturas más extremas y apuntó sobre todo a la denuncia de la corrupción desenfrenada en el país, empezando por la del líder ruso. Llegó a criticar la guerra en Ucrania, pero sin cuestionar la necesidad de poner a Kiev bajo la tutela de Moscú. En resumen, un rival, más que un verdadero opositor de Putin.
Este último lo persiguió, lo encarceló y trató varias veces de asesinarlo hasta hacerse responsable de su muerte. Frente al terrible asesinato de Navalny, desde el mundo democrático se ha levantado un coro hipócrita de indignación. Pero el hecho de que el régimen del nuevo zar sea dictatorial, belicista y asesino debería haber quedado claro desde hace tiempo, incluso cuando las democracias callaban y toleraban la guerra genocida de Moscú en Chechenia, el decisivo apoyo militar ruso al verdugo sirio Al Assad o que muchos otros opositores o rivales de Putin fueran asesinados.
Hoy, con la misma hipocresía, las cancillerías occidentales –acompañadas por la prensa y la TV serviles– están santificando a Navalny sin mencionar las fechorías y las posiciones “incómodas”.
La elección que las democracias hacen de sus “héroes” –de Zelensky a Navalny– dice mucho de la decadencia que viven. Por desgracia, la popularidad de Navalny en Rusia es una señal de cuánto también la oposición a Putin alberga desvalores nefastos.
 
Publicado originalmente en La Comune 440