Defender el ambiente, pensar la vida

 



Por Ignacio Ríos


Elena Rivera es la presidenta de la comunidad indígena colla de la comuna de Copiapó, en la región norte de Chile. Desde hace años, está a la cabeza de la lucha por preservar sus tierras frente a la voracidad de compañías nacionales e internacionales. Sucede que allí, en el salar de Maricunga, se encuentra la segunda mayor concentración de litio en el mundo. Sin embargo, como dice Elena, “los colla lamentablemente estamos entablados en el cordón de oro, le pese al Estado o a estas empresas extractivistas”. Hasta el momento, esta comunidad impidió que numerosas compañías se instalaran en el lugar, representando un gran ejemplo de defensa de la dignidad, de la vida y del entorno natural. 

La defensa del medio ambiente es, en América Latina, uno de los más importantes motivos que impulsan procesos de emersión humana, de reacción y de resistencia. Sus protagonistas son, en primer lugar, las comunidades locales y los pueblos originarios, aunque también sectores de la juventud que se sensibilizan ante el extractivismo, la contaminación y el cambio climático. Es un tipo de compromiso estrechamente vinculado a la defensa del habitar y de la vida de las poblaciones, de su historia, cultura y entorno, de donde surgen las posibilidades de alimentarse, curarse y crecer. No es casualidad que muchas mujeres asuman ese desafío y se pongan en primera línea en representación de sus hogares y comunidades. Tanto ellas como los pequeños campesinos deben enfrentarse a los monopolios, a los gobiernos y a las bandas que trabajan para la minería ilegal o el narco, mientras corren el riesgo de ser envenenados con glifosato marca Monsanto. 

En nuestro continente, se superponen distintas distorsiones en cuanto a la relación con la naturaleza primaria: las iniciativas expansionistas de los regímenes inca, azteca y maya palidecen frente a la posterior dominación colonial y la afirmación de los Estados modernos, enriquecidos gracias a la minería desenfrenada y la plantación esclavista. Hoy son los tiempos del sistema del agronegocio que depende de los hidrocarburos y, por ende, de la apropiación y del control de la tierra, del agua y de la biodiversidad. Las exigencias del mercado internacional y las relaciones comerciales con China solo hacen prever un aumento de la superexplotación de los recursos naturales y de las emergencias y emigraciones ligadas a problemas ambientales. 

Este encadenamiento de deformaciones, con el nocivo impacto cultural que conlleva, se suma a uno de los límites más grandes del compromiso ambientalista en general: la recurrente expectativa en reformas estatales e iniciativas parlamentarias, a pesar de la evidente lógica bélica y de saqueo que mueve a los Estados y a la burguesía. La superación de este lastre requiere de un pensamiento mucho mayor sobre las capacidades y los recursos humanos para buscar el bien y mejorar la existencia en común, algo en general subestimado por sectores ecologistas y activistas medioambientales. Para mejorar la relación con la naturaleza, se necesita de un mejor pensamiento sobre quiénes somos, sobre la vida y sobre la búsqueda de una mejor convivencia entre los seres humanos.