No quieren guerra

 



Por Ignacio Ríos


Desde el inicio mismo de la invasión rusa a Ucrania, muchos soldados rusos desertaron y buscaron refugio en el extranjero o en las zonas recónditas del país sabiendo que, si su gobierno los apresa, recibirán 15 años de prisión. Quienes, en el frente de guerra, no quieren tomar más parte de las acciones militares corren el riesgo de ser apresados y torturados por sus superiores en cárceles ilegales en los territorios ocupados. Sin embargo, muchos lo siguen intentando, tanto más cuando se espantan ante los saqueos, la violencia y los sucios negocios ejecutados por la oficialidad y sus camaradas de armas.

Algo parecido sucede en Ucrania. La gran mayoría de los civiles ucranianos no quiere incorporarse a filas y cientos de miles se esconden de los reclutadores o directamente emigran a otros países. Es que el gobierno de Zelensky también trata pésimamente a los activistas por la paz y a los objetores de conciencia, a quienes se les aplican penas de prisión o se los obliga a quedarse en el frente contra su propia voluntad.

El rechazo de tantos varones adultos a enrolarse o a seguir prestando servicios empieza a ser un problema para los dos ejércitos en pugna. Ante esta realidad, los Estados responden con más coerción o prometiendo beneficios como buenos salarios o créditos hipotecarios (y si no, la cárcel). Aun así, la cantidad de desertores y objetores en ambos bandos sigue siendo significativa. Las razones de estas personas pueden ser diversas: una genuina vocación pacifista, creencias religiosas, la negativa a luchar contra su propia gente, desinterés, miedo, todas cuestiones humanamente comprensibles y sobre todo justas, que pueden fortalecer la solidaridad y el reclamo de libertad para ellos. Evidentemente, el aparato ideológico-propagandístico de los Estados no lo es todo y siempre hay margen para que las personas elijan de manera diferente y decidan no ser títeres de la locura de la guerra.