Protestas en Cuba: las búsquedas de libertad y dignidad no se apagan

 



Por Camilo Sans


La gente sale a las calles otra vez. Las protestas se desataron por los grandes cortes de luz y por la gravísima crisis alimentaria del último año, una situación que golpea particularmente a los niños. El 17 de marzo, el grito de “corriente y comida” rápidamente dio paso a la reaparición de viejas consignas y empezaron a escucharse con fuerza las palabras “libertad” y “patria y vida”, lo cual recuerda a las multitudinarias manifestaciones de julio de 2021 que tuvieron esos lemas en su centro. Aunque esta vez no surgen principalmente de intelectuales y artistas, sino también de sectores populares, entre los que el régimen se ufanaba de gozar de más apoyo. 

La respuesta de Díaz-Canel, por ahora, es una combinación de paliativos y represión, con mayor dosis de lo primero: corta las telecomunicaciones y despliega las fuerzas del orden –que detuvieron algunas decenas de personas–, pero también envía arroz, leche y azúcar a los lugares más perjudicados y manda a los funcionarios a dar explicaciones. Especulando con la posibilidad de contener la situación a través de concesiones, el gobierno todavía no se decidió por seguir el mismo curso que en 2021, cuando reprimió abierta y brutalmente a las multitudinarias manifestaciones con el saldo de más de 600 personas condenadas, algunas con penas de más de 20 años de cárcel. Sin embargo, el régimen –que históricamente ha perseguido y reprimido a opositores y a cualquiera que no se sometiera a sus dictámenes y su noción de normalidad, castigando particularmente a los homosexuales– parece tener menos recursos que otrora para vincularse con las expectativas y las exigencias de vida de una población que cada vez conocen y entienden menos. La reiteración de las mismas respuestas de siempre y su incapacidad para generar promesas de un futuro mejor son indicios de su crisis final, quizás irreversible. 

Más que una sumatoria de reclamos, lo que se vuelve a expresar con fuerza es la búsqueda de la gente de una vida digna. Esto puede implicar no solo llenar las panzas y tener los servicios garantizados –según los criterios de la burocracia que gobierna y decide cómo vive la población que domina–, sino un anhelo de libertad para poder elegir dónde y cómo vivir, con quién relacionarse, cómo educarse, cómo resolver los problemas existenciales y tantas otras exigencias vitales.