Bravuconadas belicistas de los Estados latinoamericanos

 



Ignacio Ríos

Las guerras arrecian en el mundo y algún trasnochado podría decir que, en comparación, América Latina vive en paz por no haber guerras declaradas. Hace tiempo que, desde estas mismas páginas, venimos denunciando esta hipocresía. Entre policías represivas y ultraviolentas, el narcotráfico, los femicidios, la violencia a nivel social, la superexplotación que somete a las mayorías y el saqueo de la naturaleza, este continente es, más bien, una de las regiones más violentas del planeta. Y no solamente eso, sino que los Estados y los gobiernos latinoamericanos dan cada vez más señales de su belicismo congénito, tanto frente a las poblaciones que dominan como en cuanto a las relaciones entre sí.

Tuvo mucha repercusión el insólito asalto de policías y militares ecuatorianos a la embajada mexicana en Quito para capturar a Jorge Glas, un incidente que violó las más elementales normas diplomáticas diseñadas por los mismos Estados. Ronald Ojeda –opositor venezolano que se encontraba refugiado en Chile– fue secuestrado en Santiago y, unos días después su cuerpo fue hallado bajo cemento dentro de una valija. El crimen apunta directamente al régimen de Nicolás Maduro, capaz de organizar mortales operativos en el exterior que vulneran la sagrada “soberanía nacional” de otros. Hace unos meses, escaló la tensión entre Venezuela y la pequeña Guyana por la región del Esequibo. Maduro apeló a la opinión pública por medio de plebiscitos y alteración de mapas para sumar voluntades a su causa, que es la de hacerse con esa región rica en minerales y petróleo.

Cualquiera de estos hechos podría terminar en un conflicto militar abierto de pequeña o mediana escala. Quizás no suceda porque los Estados latinoamericanos no tienen los medios para desarrollar una guerra propiamente dicha. Pero es posible que ganas no falten, como de forma ridícula manifiesta Milei al ponerse camperas militares ante la primera oportunidad y, sobre todo, alineándose totalmente con las acciones genocidas del Estado de Israel en Gaza. 

En el mundo de hoy, el escenario bélico se manifiesta en una lógica del conflicto permanente que impregna todos los aparatos de poder opresivo y que, en cierto sentido, tiene una dinámica propia e incontrolable hasta para los mismos opresores. Todo indica que esta línea de tendencia se profundizará. El giro a la derecha de la política democrática, ¿a qué remite sino a la acentuación del ADN bélico de todos los Estados, dirigido contra las sociedades que dominan o bien contra otros Estados o formaciones paraestatales? Los Estados son cada vez más incapaces de brindar seguridad, tranquilidad y previsiones a futuro para sus propios habitantes. Una razón de más para no confiar en ellos y rechazar los nacionalismos en función de un compromiso por la pacificación basado en el reconocimiento de la humanidad común y diferente que somos.