Después de la marcha por la educación, reencontrémonos en asambleas para ser más protagonistas

 



Camilo Sans

El 23 de abril, salimos a las calles cientos de miles de estudiantes y docentes de terciarios, universidades y secundarios, pero también de la población en general que sintió que estaba en juego algo importante. En continuidad con las movilizaciones del 8 y del 24 de marzo, se vivió un clima de unión y encuentro entre gente muy diversa que nos hizo sentir que no estamos tan solos y que hay muchos que siguen dando señales de reacción frente a los continuos ataques del liberfacho de Milei y sus amigos que atentan contra exigencias elementales como el derecho de todos y todas a acceder a la educación y a expresarnos libremente en nuestros lugares de estudio.

Para entender las razones y significados de fondo de la masividad de esta marcha, es necesario ir más allá de los análisis superficiales, que nos llevan a leerla como una iniciativa comandada por la oposición –pensemos en la considerable proporción de votantes de Milei que participaron y en el poco impacto que tuvieron los referentes políticos en la manifestación– o como mera reivindicación de la educación pública en tanto parte del acervo identitario de la sociedad argentina y del Estado. Posicionamiento este último que es compartido, más allá de los matices, por gran parte del arco político, desde la izquierda trotskista hasta los radicales. Somos conscientes de los límites culturales que se expresan cuando la sociedad se manifiesta con esta contundencia, evidentes en las expresiones de machismo y de patrioterismo presentes en algunas canciones (himno nacional incluido), imágenes de Maradona y banderas argentinas, que dejan afuera a las personas de otras procedencias. Pero aún así podemos interpretar los cánticos y las pancartas como expresión de un sector considerable de la población que está reaccionando para defender algunos valores y exigencias humanas elementales: la libertad de decidir sobre nuestra educación, de expresarnos y organizarnos en nuestros ámbitos de estudio y la gratuidad para que sea una posibilidad para todos. Se trata también de afrontar los lastres del sistema educativo todavía vigente, cada vez más desfinanciado y con peores condiciones para los estudiantes y trabajadores, y que somete el conocimiento de lo humano a los objetivos y necesidades del mercado y de los Estados. Es decir, se trata de una señal de reacción importante y contundente, pero que también nos plantea interrogantes y desafíos. 

¿Cómo seguimos? En primer lugar, reencontrándonos en nuestros lugares de trabajo y estudio entre docentes, no docentes y estudiante, para reflexionar y decidir en asambleas acerca de los valores que queremos defender: ¿qué idea de la libertad, qué educación queremos? En ese camino será importante romper con las lógicas de claustro que nos dividen y no delegar en las burocracias políticas y sindicales que pretenden convocarnos solo a “poner el cuerpo” mientras ellos negocian con el gobierno en nuestro nombre. ¿Qué mejor alimento para sustentar nuestra unión y radicalizar aún más la lucha por el presupuesto que fomentar el encuentro desde abajo y la autoorganización, para que pueda emerger el protagonismo de los que nos movilizamos el 23 de abril?