Sociedad estatal: escuela de desencuentro y violencias

 



Por Mario Larroca


¿Cuál es la razón por la que nos hemos habituado a que se pueda ver a cualquier hora por TV cómo un sicario narco ejecuta a un trabajador en una estación de servicio de Rosario, o el asesinato de un colorista por parte de un compañero suyo de trabajo en una peluquería de Recoleta? ¿Qué es lo que nos lleva a aceptar que las imágenes de una mujer brutalmente arrastrada por la policía y detenida junto a su novio cuando intentaban ayudar a un vendedor ambulante que no podía pagar el boleto de tren en La Plata se conviertan en un videíto de Tik Tok? ¿Qué significado tiene para quienes nos apasiona el fútbol que cuatro jugadores profesionales hayan abusado sexualmente de una periodista tucumana de 24 años? 

En un mundo en el que la presencia o la amenaza bélica es permanente, en el que Estados, formaciones terroristas y bandas narcocriminales diseminan sus venenos en las sociedades a las que someten, suelen asimilarse desde abajo lógicas dominantes que atentan contra criterios elementales de convivencia humana. No es casual entonces que quienes más sufran las consecuencias de la locura destructiva de los opresores sean las mujeres –las más refractarias a las guerras y garantes de cuidado y cohesión– y la infancia, que constituyen un recurso primario y a la vez un termómetro del grado de (des)humanización de una sociedad. 

El sociólogo Javier Auyero ha venido planteando que los hechos de violencia urbana –los disparos, los enfrentamientos callejeros, las violaciones, las peleas dentro de los hogares o en los lugares de trabajo– no son fenómenos aislados. Diferentes tipos de violencia se eslabonan y amplifican en una cadena que conecta la calle y el hogar, los ámbitos públicos y los domésticos. Algunos de ellos involucran la acción del aparato estatal y, crecientemente, de las organizaciones narcocriminales. De manera más acentuada en el caso de los barrios populares, los altos niveles de violencia cotidiana pueden tener serias consecuencias en el desarrollo de las niñas, niños y adolescentes. Según estudios de psicólogos y expertos en salud pública, las alteraciones van desde los trastornos de ansiedad, miedo y depresión a problemas de desarrollo intelectual, de conducta y de asunción de valores positivos, aspectos todos ellos que concurren a un proceso de adaptación patológica a la violencia y de identificación con la parte agresora. Nada de esto se explicaría sin pensar en la dimensión de género de las violencias urbanas, que garantizan el poder patriarcal y los privilegios masculinos. En esto, como en tantos otros aspectos de la vida común, los distintos peronismos han sido y son –más allá de los relatos– acérrimos defensores de la afirmación de la masculinidad y de la subordinación femenina. Les han allanado el camino a los liberticidas misóginos, hoy en el poder, para continuar descargando su frustración antifemenina, amenazando con la eliminación del derecho al aborto. En definitiva, la sociedad política democrática es un territorio de formación en criterios y prácticas de desencuentro y de violencia. 

La normalización de estas lógicas, que corroen por dentro a las sociedades, complica la posibilidad de que las personas comunes se sientan protagonistas de la creación de relaciones interpersonales pacíficas basadas en el respeto a la diversidad de género y generacional, étnica y religiosa, en aras de una cultura de la solidaridad y la cooperación. 

Se torna cada vez más innatural la vida en agregaciones sociales gigantescas. Algo de ello parece haber intuido hace algo más de un siglo Georg Simmel, quien hablaba del “mundo de desconocidos” en el que las personas debían abrirse paso entre lo efímero y lo contingente, refiriéndose con ello a la naturaleza de los vínculos en los espacios públicos urbanos. Hoy asistimos a la transformación de esa indiferencia en ajenidad, en prácticas retrógradas y violentas de machismo, racismo y exclusión. 

Para nosotros, no es posible reconstruir las instituciones y los criterios de la vieja sociedad estatal. Nuestro humanismo socialista comunitario se propone ir al encuentro de las mejores personas para conocerlas y darnos a conocer en función de ideas y concepciones de fondo en una perspectiva de comunión, combatiendo la extrañeidad.