Entrevista a referentes del FOL: "si nos tocan a uno, nos tocan a todos"

A cargo de Camilo Sans

El 13 de mayo el Frente de Organizaciones en Lucha (FOL), Barrios de Pie y el Polo Obrero sufrieron allanamientos en sus locales y viviendas, una nueva agresión
que representa un salto cualitativo en la persecución contra las organizaciones populares y sus dirigentes que viene llevando a cabo el gobierno desde su asunción,
cuando implementó el protocolo antipiquetes con el que reprime con particular saña a los sectores populares buscando cercenar la libertad de expresión y el derecho

a la protesta en el marco de un ataque brutal a sus condiciones de vida.
A continuación, entrevistamos a Carlos Fernández (quien fue uno de los que sufrió un allanamiento en su vivienda) y Analía Zárate, militantes del FOL.


C.S: ¿Cómo fueron los allana­mientos y el ataque judicial a sus organizaciones? ¿Cómo está la situación ahora?
 
C.F: Hubo 27 allanamientos a locales, comedores, cooperati­vas y casas particulares de mili­tantes de nuestra organización, del Polo Obrero y de Barrios de Pie por supuesta “extorsión y coerción para ir a una movi­lización”. No solo nos incauta­ron celulares, computadoras y documentación personal y de las cooperativas, sino también documentos internos de nues­tra organización y cuadernos de los militantes con apun­tes y anotaciones personales. Además, nos habían estado haciendo inteligencia hace seis meses desde la implementa­ción de la línea de denuncias 134 por parte de Petovello, lo cual incluyó la intervención de nuestros celulares y el acceso a nuestras cuentas bancarias. Este accionar se basa en tan solo tres denuncias ratificadas ante la justicia contra orga­nizaciones que comprenden miles de personas. Aún más, con toda la investigación que hicieron hasta el momento no lograron encontrar ninguna prueba de las acusaciones del fiscal.
Esto se da en el contexto de un corte total de la asistencia alimentaria y los programas de integración sociourbana desde la asunción de Milei, el reciente recorte del 50% de los ingresos ($78.000 por mes) de quienes cobran los planes Potenciar Trabajo y la elimi­nación del monotributo social, que perjudica principalmente a las mujeres.
 
C.S: ¿Cómo interpretan estos ataques a la luz de una avanza­da más amplia contra las condi­ciones de vida y los derechos de la gente que van de la mano de un incremento de la xenofobia y de la violencia patriarcal?
 
C.F: Hay un ataque a la liber­tad de expresión y al derecho a la protesta de los más vulnera­bles ya que ahora el gobierno puso como condición para los programas de ayuda social que no participen de ninguna pro­testa.
Se la agarran con nosotros porque desde la asunción de este gobierno estuvimos en las calles y, además, a través de estos ataques también buscan deslegitimar y meterle miedo a un sector más amplio de la po­blación que se ha venido mo­vilizando para disciplinarlo. Lo que buscan es desmantelar las organizaciones sociales y des­articular las redes autogestio­nadas y solidarias que existen en estos lugares y que tienen una larga historia.
 
A.Z: Así lo demuestra la campaña de deslegitimación y difamación orquestada desde los medios masivos de comunicación, que conocían las denuncias y las órdenes de allanamiento antes que nosotros y que ahora están tratando de mostrar que los comedores no existen. Lo que debería preguntarse la gente es cómo siguen fun­cionando los comedores que quedan en pie considerando que hace meses no reciben absolutamente nada.
 
C.S.: ¿Y cómo hacen para soste­nerlos?
 
A.Z: De todo y más. Las orga­nizaciones sociales estamos en los barrios hace mucho tiem­po, desde antes de la política de asistencia social estatal. Y contamos con la gimnasia ne­cesaria para resistir con la nada misma. De ahí venimos.
C.F: Estos espacios surgie­ron gracias al esfuerzo y ge­nerosidad de compañeras y compañeros que buscaron organizarse para hacer frente a situaciones muy difíciles sin recursos del Estado, en base a colectas entre los vecinos y los comerciantes que donan lo que pueden. Además, los comedores no son lugares en donde solo se reparte comida. Y no son una solución al pro­blema del hambre en Argen­tina. Son otra cosa: espacios de articulación territorial y co­munitaria, donde se detectan situaciones de abuso, de vio­lencia de género, problemas de consumo, falta de escolari­zación. En la cuarentena tam­bién fueron fundamentales para detectar y seguir los casos de Covid y son fundamentales para garantizar las campañas de vacunación y de salud bucal por la cercanía que tenemos con la gente y la ausencia total del Estado desde hace muchos años. Al sacarle los recursos a los comedores se ataca y se desarticula todo lo que se ge­nera en esos espacios comuni­tarios y sus alrededores.
Si se siguen reduciendo estos lugares va a avanzar el narco­tráfico. La experiencia mues­tra que, a diferencia de otros lugares de América Latina, los narcos acá no se pudie­ron desarrollar con la misma rapidez y facilidad en gran parte debido a la presencia y accionar de organizacio­nes sociales que fomentaron redes autogestionarias de ar­ticulación entre vecinos. El Estado no va a llegar a estos espacios y van a quedar a ma­nos de los narcos.