España: el partido, el gobierno, el régimen

Por Rocco Rossetti

La originalidad del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) en el pano­rama europeo se debe quizás a tres aspectos: ser un partido capaz de renovar la relación con sus bases, no solo electorales; formar un gobierno capaz de cambios de orientación progresista; y tener una función específica en la dinámica crítica del régimen español.
Como socialistas libertarios, inspirados por el humanismo socialista, nos propone­mos comuniones libres y benéficas, alterna­tivas a todo régimen opresivo, incluidas las democracias decadentes; nos anima la idea y la práctica de la pacificación contra la lógica bélica y el principio de la común humanidad diferente contra todo tipo de racismo.
Las nuestras son, por tanto, visiones dife­rentes en cuanto a concepciones, métodos y programas, con respecto a las del PSOE. Su gobierno participa de los conflictos en curso, sube el gasto militar y reprime en las fronteras las esperanzas humanas de una vida mejor.
Pero todo esto no anula poder sentir los motivos y las aspiraciones que hacen que mucha gente de izquierda vea en el PSOE y en el “manual de resistencia” de su dirigente actual la herramienta más a mano y útil frente al curso violento de la presencia y del hostiga­miento reaccionario de las derechas.
El PSOE ha sido parte de la fundación del régimen monárquico constitucional de 1978 y es quizás la garantía más sólida que el propio régimen ha tenido y tiene como institución, más ahora, en la crisis que atra­viesa la compleja relación que viven las ins­tituciones estatales entre ellas mismas y con la sociedad que dominan. Sin embargo, o quizás por esto, es también la fuerza más ca­paz a la hora de canalizar las esperanzas de mejora de las condiciones de vida de la gente común bajo este mismo régimen. Esto pue­de quizás explicar también los cambios que ha vivido a lo largo de estos 46 años y la per­cepción y la expectativa que de él tiene hoy mucha gente de izquierda.
Bajo el liderazgo de Felipe González, antes, durante y después de sus 14 años de gobierno, las esperanzas de salir de la dic­tadura tuvieron que convivir con la frustra­ción que supuso para millones de personas el precio que el PSOE eligió pagar para la estabilidad del nuevo régimen, como por ejemplo la Monarquía y la OTAN. “La Transición”, como dice su nombre, entre otras cosas, supuso la ausencia de depura­ción de instituciones estatales procedentes del franquismo, como el Ejército y la Magis­tratura, además del acomodo ventajoso en el nuevo orden de los detentores del poder económico y financiero y de la Iglesia Ca­tólica. El PSOE compartió con el Partido Popular (PP) estos equilibrios de poder, así como la visión centralista del Estado y el ol­vido sobre la memoria histórica de este país.
Algo cambió con José Luis Rodríguez Zapatero en 2004. Canalizó la indignación popular contra las vergonzosas maniobras de Aznar sobre los atentados del 11M y, ganadas las elecciones, dio su respuesta al movimiento contra la guerra con la retirada inmediata de las tropas españolas de Irak. Ahí inició la ofensiva de la derecha que aún conti­núa y se recrudece. Una ofensiva reaccionaria ante las exigencias y la movilización popular y, por ende, contra un PSOE que, a su mane­ra, la recogía. Zapatero emprendió también iniciativas favorables sobre algunos derechos civiles, como el matrimonio entre personas del mismo sexo y, parcialmente, contra los privilegios de la jerarquía de la Iglesia Cató­lica que, junto a la derecha, emprendió una encarnizada cruzada contra su gobierno. El apoyo de Zapatero a un nuevo Estatut para Cataluña generó una reacción centralista dentro del propio PSOE, con un sector que apoyó la ofensiva del PP y del poder judicial y que, finalmente, se cargó una medida que ya había sido ratificada por el Parlament y por un referéndum en Cataluña. Hasta sus ges­tiones para el fin de ETA fueron materia de la propaganda ruin del PP.
No es casual que Rodríguez Zapatero, en contra de los dirigentes históricos del PSOE, haya sido abiertamente favorable al primer gobierno de coalición con Podemos y sea uno de los principales aliados de Sánchez.
Pedro Sánchez, en los últimos diez años, supuso un cambio ulterior. Se opuso a la investidura de Rajoy, renunciando a su acta de diputado y siendo destituido de la Secretaría del partido. La reconquistó mo­vilizando al PSOE y revitalizándolo, derro­tando al PP y dando vida a una coalición de izquierda parlamentaria, y recibiendo apoyos de las formaciones con vocación nacionalista e independentista, tanto en Euskadi, como en Cataluña y Galicia. Es significativa, en el plano simbólico, su in­sistencia para el reconocimiento de Pales­tina, así como la hostilidad abierta que le profesan Netanyahu y Milei.
Su objetivo, por supuesto, ha sido y es el gobierno y la gestión en clave socialdemócra­ta del poder estatal. Pero se entiende por qué para mucha gente represente una defensa contra los avances de las derechas.
 
 
*Dirigente de nuestra organización hermana en el Estado español, Socialismo Libertario
 
Publicado originalmente en Socialismo Libertario (España) 167