Por Gustavo Pfeifer
Continúan
las inundaciones que afectaron a casi 3 millones de personas en el sur de
Brasil (y, ahora, también en Argentina y Uruguay).
Casas, barrios, ciudades enteras bajo el agua. Aeropuertos y rutas inaccesibles. Falta de agua potable, electricidad o, sencillamente, un lugar seco para protegerse del agua fétida y del invierno que acecha. Hoy, unas 600 mil personas perdieron sus casas, hay 50 desaparecidos y más de 160 muertos. A todas estas personas y a sus seres queridos va dirigido nuestro sentimiento y nuestra reflexión.
Recorrió el mundo el relato del hombre que, sin saber nadar, rescató a más de 300 personas. Otro, en televisión, contaba: “cuando el agua me llegó a la cintura, me acordé de que tenía un colchón en casa. Lo arreglé, lo inflé y empezamos a sacar a la gente del barrio. Les dimos prioridad a niños y mujeres”. Como ellos, muchos convirtieron kayaks o tablas de surf en improvisados botes de rescate. “De cada 30 personas, a 29 las salvamos los civiles. Al gobierno, en el agua, no se lo ve”.
La ayuda estatal, si llegó, fue tardía e insuficiente, pero la reacción de solidaridad de miles y miles de personas es reveladora. Hubo vecinos que dejaron todo para ponerse a disposición de quienes más lo necesitaban. Mujeres que transformaron sus casas en merenderos, salitas médicas, refugios populares. Otros hicieron campañas de donaciones o de información, desmintiendo las fake news y las estafas de las redes sociales. Algunos, incluso, se unieron para cuidarse de los miserables que roban y violentan.
En semejante tragedia ambiental, estas son, quizás, las verdaderas noticias que contar: ejemplos de lo que es capaz nuestra gente cuando pone a la obra lo mejor de sí para reflotar la vida común. Valorarlos es inseparable de reflexionar y denunciar la responsabilidad estatal y patronal de esta catástrofe.
A propósito del cambio climático, cabe recordar el gobierno de Bolsonaro: el peor de la historia del país en cuanto a deforestación de los bosques nativos y entrega de llanuras al capital sojero, dos factores clave en la incapacidad del suelo gaúcho de drenar las aguas. En campaña, Lula hablaba de poner el ambiente “en el centro”. Quizás, se refería al lobby agropecuario e inmobiliario: en lo que va de su gestión, ya flexibilizó unas once leyes ecológicas.
Así, liberales y populistas del continente se pasan la pelota mientras quienes sufren las consecuencias del cambio climático son las mayorías populares, especialmente numerosas en uno de los países más desiguales del mundo. Para que la solidaridad no solo crezca, sino que se radicalice humana y cotidianamente (también más allá de las emergencias), es fundamental saber que, inevitablemente, aquí desemboca el mito del “orden y progreso” de los opresores.
Casas, barrios, ciudades enteras bajo el agua. Aeropuertos y rutas inaccesibles. Falta de agua potable, electricidad o, sencillamente, un lugar seco para protegerse del agua fétida y del invierno que acecha. Hoy, unas 600 mil personas perdieron sus casas, hay 50 desaparecidos y más de 160 muertos. A todas estas personas y a sus seres queridos va dirigido nuestro sentimiento y nuestra reflexión.
Recorrió el mundo el relato del hombre que, sin saber nadar, rescató a más de 300 personas. Otro, en televisión, contaba: “cuando el agua me llegó a la cintura, me acordé de que tenía un colchón en casa. Lo arreglé, lo inflé y empezamos a sacar a la gente del barrio. Les dimos prioridad a niños y mujeres”. Como ellos, muchos convirtieron kayaks o tablas de surf en improvisados botes de rescate. “De cada 30 personas, a 29 las salvamos los civiles. Al gobierno, en el agua, no se lo ve”.
La ayuda estatal, si llegó, fue tardía e insuficiente, pero la reacción de solidaridad de miles y miles de personas es reveladora. Hubo vecinos que dejaron todo para ponerse a disposición de quienes más lo necesitaban. Mujeres que transformaron sus casas en merenderos, salitas médicas, refugios populares. Otros hicieron campañas de donaciones o de información, desmintiendo las fake news y las estafas de las redes sociales. Algunos, incluso, se unieron para cuidarse de los miserables que roban y violentan.
En semejante tragedia ambiental, estas son, quizás, las verdaderas noticias que contar: ejemplos de lo que es capaz nuestra gente cuando pone a la obra lo mejor de sí para reflotar la vida común. Valorarlos es inseparable de reflexionar y denunciar la responsabilidad estatal y patronal de esta catástrofe.
A propósito del cambio climático, cabe recordar el gobierno de Bolsonaro: el peor de la historia del país en cuanto a deforestación de los bosques nativos y entrega de llanuras al capital sojero, dos factores clave en la incapacidad del suelo gaúcho de drenar las aguas. En campaña, Lula hablaba de poner el ambiente “en el centro”. Quizás, se refería al lobby agropecuario e inmobiliario: en lo que va de su gestión, ya flexibilizó unas once leyes ecológicas.
Así, liberales y populistas del continente se pasan la pelota mientras quienes sufren las consecuencias del cambio climático son las mayorías populares, especialmente numerosas en uno de los países más desiguales del mundo. Para que la solidaridad no solo crezca, sino que se radicalice humana y cotidianamente (también más allá de las emergencias), es fundamental saber que, inevitablemente, aquí desemboca el mito del “orden y progreso” de los opresores.