Por Fabio Beltrame
El gobierno de coalición del primer ministro Benjamin Netanyahu
es comúnmente definido como de “extrema derecha”, expresión que no alcanza a
describir el progresivo carácter teocrático que está adoptando el Estado de
Israel, sin descuidar que el gobierno en gran medida se compone de exponentes
del fundamentalismo judío religioso y sionista. La israelí es una democracia seguidora
de las europeas, pero sin una “Constitución”: solamente una “Declaración de
Independencia” que sancionó su fundación en mayo de 1948. Desde ese momento
había quedado claro que Israel era un “Estado judío”, es decir, una entidad para
los judíos, que, al menos en los papeles, garantizaba “la total igualdad de
derechos sociales y políticos a todos los ciudadanos sin distinción de credo,
raza y sexo”. Sin embargo, la historia demuestra todo lo contrario. La
declaración fue precedida por acciones terroristas de las organizaciones
paramilitares sionistas y le siguieron la guerra y la limpieza étnica de
Palestina: 700 mil palestinos fueron expulsados y pueblos enteros arrasados (la
matanza de Deir Yassin, con 250 muertos y 70 recién nacidos entre ellos, es
todo un símbolo de la Nakba*). El pueblo palestino se convirtió en su mayor parte
en lo que es hoy: un pueblo exiliado. Durante los 75 años de vida del Estado
sionista se alternaron gobiernos tanto de derecha como de izquierda que
condujeron guerras, establecieron un férreo régimen militar en Cisjordania,
financiaron la colonización e impusieron condiciones de vida y materiales cada
vez más insostenibles para la minoría palestina en Israel.
Muchos son los que sostienen que Israel no es una teocracia al
objetar que no cuenta con una religión oficial y que la “democracia” debería
ser una tabla de salvación (!). Después de la formación del gobierno en
diciembre de 2022 es evidente lo contrario. La coalición encabezada por
Benjamin Netanyahu (que gobierna el país desde hace más de una década) está
compuesta por seis partidos –Likud (Consolidación), Yahadut Ha Tora (Judaísmo
Reunido de la Torah), Shas, Ha Tziounut Ha Datit (Partido Sionista Religioso),
Otzma Yehudit (Poder para Israel) y Noam–, expresión del creciente peso del
sionismo religioso, de las formaciones que representan las comunidades
fundamentalistas, teocráticas y racistas y del “mesianismo” en el que se
reconoce la mayoría de los colonos de Cisjordania.
Son partidos que buscan reafirmar y preservar los privilegios
rabínicos e imponer la ortodoxia judía en las instituciones, por ejemplo, sometiendo
el poder judicial a las leyes de un Estado finalmente exclusivo de los
judíos, el Gran Israel, bíblicamente “prometido al pueblo elegido”. Las
declaraciones de algunos miembros del gobierno, de religiosos y de líderes de
los colonos en relación con los palestinos en medio de la guerra en Gaza
–“matarlos a todos”, “expulsiones masivas”, “bestias inmundas”, etc.– no son
expresiones descontroladas de la irracionalidad de la política y de la lógica
bélica, sino que se fundan en una interpretación etnocéntrica y racista del
dictado bíblico. No son menos violentas las declaraciones contra las mujeres,
los homosexuales, el aborto y el divorcio…
Cuanto más pasa el tiempo, Israel es cada vez más parecido a
Irán, y la torsión teocrática del régimen democrático expresa el peso de las
corrientes racistas, homofóbicas, antifemeninas y militaristas del fundamentalismo
religioso judío en la sociedad israelí, sobre las que se apoyan el gobierno criminal
de Netanyahu y la lógica genocida de la guerra contra la población de Gaza.
*Se trata de la tragedia con la que los palestinos definen la
fundación del Estado de Israel y sus consecuencias.
Publicado originalmente en La Comune
(Italia) 445