Con sus repercusiones en todo el
mundo, la guerra infinita en Oriente Medio es la expresión extrema de la locura
de los opresores contra la gente común.
Los dos pueblos son las víctimas
directas: el palestino y el judío. Pero todas las personas se resienten de sus
repercusiones, empezando por quienes confían en una auténtica liberación
humana.
Es indispensable tener el sentido
histórico de lo que está ocurriendo.
La enorme tragedia de los judíos tiene raíces lejanas y nunca ha sido resuelta por la creación del Estado de Israel, que representa de una manera distorsionada solo a una parte.
No es menos grave el sufrimiento de los palestinos, despojados desde hace décadas de su propia tierra, con decenas de miles de inocentes masacrados, viviendo todos aterrorizados y constreñidos a llevar una existencia permanentemente incierta.
La cuestión de la autodeterminación de los pueblos se ha revelado en general, como un enigma irresoluble: en la práctica ha resultado ser una receta ampliamente insatisfactoria o, peor aún, una ilusión dramática que favorecía a amos y opresores, tal como ya había intuido Rosa Luxemburg. Apoyar la autodeterminación tiene sentido solo si está estrechamente vinculada a la superación revolucionaria y comunitaria del belicismo, del estatalismo y de la explotación.
La histórica búsqueda de una identidad colectiva propia para los pueblos judío y palestino ha sido devastada y deformada por las lógicas estatales y bélicas, vehiculizadas por dogmas religiosos cuyo objetivo es la opresión.
De esa manera, como respuesta a la diáspora y a la horrible persecución nazi-fascista, es que ha nacido una interpretación judía de la teocracia, armada y expansionista, enmascarada por una democracia reaccionaria y que no tiene Constitución.
Por otro lado, el pueblo palestino, tradicionalmente laico en su mayoría, ha sido sometido y devastado de manera creciente por una de las peores versiones del islamismo, fruto venenoso a su vez de las terribles derrotas sufridas por las revoluciones de la gente común en Oriente Medio. Anteriormente (1978-1982), la revolución iraní contra el Sha fue traicionada y convertida en una dictadura integrista antipopular y feroz, que aún sigue en el poder. Después (2010-2011), las extraordinarias novedades de revoluciones humanas en pos de la afirmación de comunidades libres en Egipto y en Siria fueron ahogadas ferozmente en la sangre y el silencio, pero con la conformidad activa de la comunidad estatal internacional, con EEUU y Rusia a la cabeza.
De ese modo, lo que fue una prometedora corriente de los Hermanos Musulmanes degeneró rápidamente y dio vida a un grupo confesional, dogmático, de opresores reaccionarios en todos los aspectos, como es Hamas, que se ha apropiado del poder desautorizando a las antiguas direcciones y sometiendo amenazadoramente a la martirizada población palestina.
Este drama infinito, que concierne a dos pueblos, nos refuerza a la hora de perseguir la lógica de la pacificación y la cooperación entre la gente común, como el camino largo pero más creíble para la liberación de conjunto, en una lógica de comunión humana, contra todo tipo de opresión. Esta es una lógica para la que no existen atajos; una lógica que no debe sufrir los engaños de la política decadente y que, respetando cada credo, no puede, sin embargo, tolerar jerarquías terrestres ni celestiales. Algún pequeño ejemplo valioso nos llega de esas comunidades judío-palestinas que han nacido.
Editorial La Comune (Italia)
25 de mayo de 2024