México: la política democrática muestra su impotencia

Por Ignacio Ríos

Las próximas eleccio­nes del 2 de junio en México conviven con un estado de guerra entre facciones rivales de narcos (el cartel de Sinaloa y el de Jalisco Nueva Generación) que mantiene en vilo al sur del país. Gracias a los testi­monios de pobladores, pe­riodistas y activistas por los derechos humanos, se pue­de saber más de una realidad que poco tiene que ver con la supuesta normalidad ins­titucional que emana de los debates entre los candidatos por la televisión.
En algunos pueblos cercanos a la frontera con Guatemala, los narcos insta­laron retenes para controlar quién sale y entra y adminis­trar el acceso de alimentos y otros bienes, además de realizar surreales desfiles mi­litares con todo y vehículos blindados. Si la gente se niega a sumarse a sus filas y prestar ayuda a uno u otro bando, los narcos cortan los servicios de luz, agua e internet de todo el pueblo. Estas poblaciones vi­ven secuestradas y sometidas a la amenaza y a la violencia constante por lo que muchos se van de esos territorios en­grosando el número de des­plazados internos.
Mientras tanto, el presi­dente López Obrador niega que la cantidad de desplaza­dos por la violencia sea tan alta, afirma que no son reales los videos con las demostra­ciones de fuerza de los narcos y desacredita a los periodistas que informan sobre los pactos entre los carteles y los políti­cos locales. Incluso se omite la realidad del propio proce­so electoral: en el estado de Chiapas hubo renuncias ma­sivas de candidatos de todos los partidos políticos y algu­nos ya fueron asesinados. Sec­tores de la Iglesia denuncian la corrupción política y plan­tean que, en regiones enteras de Chiapas, directamente no hay condiciones para votar.
Es posible, como afirma el zapatismo, que al gobier­no le sirva y hasta aliente la situación. Los grandes pro­yectos de infraestructura en el sur del país –como el Tren Maya o el Corredor Intero­ceánico– representan un pe­ligro para la naturaleza y para las comunidades de la zona, las que ya dieron señales de resistencia. Por eso, lo mejor es correrlas de ahí, mediante la acción de las fuerzas repre­sivas (Chiapas es uno de los estados más militarizados de México) o bien de manera in­directa, a través de la violencia narco. Pero además el Estado “narcodemocrático” mexi­cano no tiene otra opción ya que, por lo menos en algunas zonas, las instituciones for­males son más débiles que los carteles o dependen de ellos.
Se vienen las elecciones, algunas políticas sociales de López Obrador han tenido consenso y todo indica que ganará la candidata del oficia­lismo Claudia Sheinbaum. Sin embargo, la política de­mocrática está rota, no pue­de hacerse valer ni detener las dinámicas que ella mis­ma promovió por el grado de corrupción y alianza con los carteles. Se requiere de mucho coraje, por parte de la gente común, para enfren­tar esta mortal combinación entre violencia narco, deca­dencia de la política, ceguera, negocios compartidos y des­precio por la vida.