✒ Cristina Gabelloni
En 1989, bajo la hiperinflación menemista, un grupo de mujeres solidarias del Bajo Flores comenzó a dar vida a una de las tantas ollas populares de las villas en Ciudad de Buenos Aires, en este caso en la 1-11-14, una de las villas desalojadas brutalmente bajo la dictadura y que volvió a poblarse a partir de los 80. Tres años después, estas protagonistas comenzaron allí la construcción del Comedor Niños Felices con un recorrido original, inspirado en la amistad, la confianza y el coraje que supieron tejer juntas como mujeres, mientras cocinaban para sus vecinas/os.
Yo conocí esta experiencia en un
intercambio con Alicia, Cynthia, otras compañeras del comedor y alumnas de la
EMEN 3, una escuela del barrio donde trabajé y me comprometí desde 1996.
Durante la charla, Alicia nos contó que, en la cotidianeidad del comedor
comenzó a descubrir junto a las demás una fuerza propia que no conocía. Cynthia
nos habló de cómo comenzaron a reconocerse en la violencia que tanto ellas como
muchas otras vecinas sufrían y a perder el miedo. Y de cómo esto las inspiró
para ser creativas a la hora de afrontar la violencia machista y protegerse en
un contexto difícil, ya que de la policía y la justicia no obtenían ninguna
respuesta. Nos hablaron también de cómo, en sus charlas y lecturas con otras
mujeres, aprendieron “que la violencia machista hacia las mujeres no solo es
física, también es psíquica y verbal; que existen violaciones también dentro
del matrimonio; que no es cierto que el sexo es un derecho de los maridos, como
les enseñaron”. También nos contaron cómo, junto a las mujeres maltratadas,
visitaban a los hombres golpeadores y que, si estos no se arrepentían, los
denunciaban públicamente para que todo el barrio lo supiera, exigiéndoles que
se fueran. Así se ganaron el apodo de “Las Amazonas”, la pesadilla de los
golpeadores, como las llamó Ernesto, de la parroquia del barrio.
Por otra parte, supieron animar
redes solidarias con docentes de escuelas vecinas, médicos de las salitas u
otros comedores para estar más seguras.
Niños Felices fue y es, en sus 35
años de recorrido y de distintos modos, una referencia para las mujeres del
Bajo: de solidaridad frente a la violencia, de coraje, de independencia de los
punteros políticos de turno, aunque sus protagonistas y sus actividades
cotidianas fueron cambiando.
Volver sobre esta rica experiencia puede alimentar una reflexión renovada sobre el carácter humano y electivo de la solidaridad, desafiando el perfil asistencialista con el que se la suele pensar.
