Ignacio Ríos
El de la AMIA fue un acto terrorista antisemita y reaccionario brutal, con 85 muertos y más de 300 heridos aquel 18 de julio de 1994 en Buenos Aires. Además de ser el atentado más grave en la historia del país, en ese momento se convirtió en el más importante a nivel mundial contra una sede judía desde el Holocausto.
Quizás no sea casualidad que se haya producido en Argentina: por un lado, este país siempre albergó a una de las colectividades judías más numerosas pero, al mismo tiempo, existía un discurso antisemita entre los sectores más atrasados de la sociedad y, especialmente, en las fuerzas de seguridad. Desde el ensañamiento de los militares de la dictadura contra los detenidos de esa tradición cultural y religiosa hasta el mito antisemita del “Plan Andinia”. Entre los círculos represivos se hablaba de un supuesto plan judío para ocupar la Patagonia y construir allí un Estado propio, motivo por el que la Policía Federal tenía agentes encubiertos en instituciones hebreas.
No se sabe quiénes realizaron el atentado (la hipótesis de Hezbollah e Irán siempre fue la preferida de los servicios secretos yanquis e israelíes y de los gobiernos argentinos), pero, como mínimo, necesitaron de colaboradores y cómplices locales. En este sentido, el gobierno de Carlos Menem, los mafiosos servicios de inteligencia, los jueces y los fiscales nunca investigaron debidamente y encubrieron a los responsables directos. De hecho, hasta el día de hoy, el Estado argentino nunca abrió por completo los archivos del caso, tal como reclaman los organismos de derechos humanos y los familiares de las víctimas.
La reapertura de la causa en tiempos kirchneristas y la posterior muerte del fiscal Nisman siguieron encubriendo con un manto de oscuridad el atentado a la AMIA. Es algo predecible si la búsqueda de esclarecimiento queda en manos de los Estados, que son los primeros difusores del terror y de las guerras. Por eso, es necesario cultivar la memoria de lo ocurrido, a la par de la búsqueda de justicia. Memoria de la impunidad y complicidad estatal para prevenirse de falsas ilusiones y memoria de lo terrible que fue, para solidarizarse con las víctimas y la colectividad judía, contra el antisemitismo que aún perdura. Pero también memoria de esa solidaridad que se activó tan claramente. De la valentía y el arrojo de los rescatistas, de las personas comunes que, en minutos, se convirtieron en coordinadores de voluntarios, del personal del cercano Hospital de Clínicas, que se volvió epicentro de la cooperación y del esfuerzo para salvar vidas. La gente que salió a buscar por todo el barrio de Once a las personas que habían quedado desorientadas luego de la explosión. O los chicos y adolescentes de la llamada “brigada de papel” que se metían en agujeros y se colgaban de paredes derruidas para rescatar pinturas, libros, objetos de los campos de concentración y de la cultura judía que habían sido rescatados de la barbarie nazi durante la Segunda Guerra Mundial.
