Por Gustavo Pfeifer
El “tapón” del Darién, en la frontera entre Colombia y Panamá, es una de las selvas más impenetrables del continente. En la región, con suerte habitan unas 100 mil personas. Sin embargo, en las últimas décadas, su panorama humano se está transformando por un fenómeno avasallante.
En 2023, más de 500 mil personas atravesaron la selva
hacia el norte, en busca de una vida mejor. Llegan de Sudamérica, de China, de Medio
Oriente, del subcontinente indio y de muchísimos países africanos. Historias
variadas y, en parte, parecidas: “En mi país hay hambre. Una dictadura hace
mucho. Vendí todo y me vine”. Cada uno con su propio sueño que, en cierto
sentido, es el mismo: “Solo quiero un futuro mejor”.
Al año, unas 100 personas mueren en el camino. La cifra
es demoledora, pero no sorprende. ¿Qué recursos encuentran y activan las
personas para seguir adelante? Una madre joven, con un niño en la espalda y
otro en el pecho, usa la fantasía: “A ellos les digo que vamos a hacer un
safari. Y les voy diciendo que miren los árboles”. En plena selva, una mujer
indígena organiza la ayuda, lo que incomoda a más de uno en su pueblo. “Salimos
a comprar gasolina para que carguen sus celulares. Vienen desesperados, solo
quieren hablar con sus familias. Vemos eso y, de algún modo, tenemos que
ayudar. Todos somos seres humanos, no podemos darles la espalda”.
Un entramado silencioso une el Darién de punta a punta:
son los pequeños gestos cotidianos que hacen posible esta odisea. Compartir las
provisiones, darse la mano para cruzar un arroyo, cuidar a los niños entre
todos. Turnarse para dormir, atar ropas a los árboles para orientar al que
vendrá mañana. ¿Qué nos dicen estos ejemplos sobre nuestra humanidad? Si la
gran mayoría sobrevive a este infierno verde, no es gracias a los “guías” ni a
la “asistencia” del ejército. Es la fuerza de la colaboración y de la
cooperación la que puede hacer frente, en el Darién y en todas partes, a la
maldad organizada (sea opresión estatal, ladrones, violadores y asesinos,
incluso entre los “compañeros” de viaje).
En los últimos meses, el presidente panameño José Mulino
impidió la llegada de la escasa ayuda humanitaria. Principalmente, médicos y
enfermeros que cumplen un rol también psicológico para miles de personas al
día. Y la semana pasada, se atrevió a más: cerró la frontera con alambres de
púa. Un joven le responde con cruda sinceridad: “En donde él cierre una ruta,
vamos a entrar por otras cinco. Y cuanto más siga haciéndolo, más peligroso va
a ser”. De hecho, este es un movimiento humano que seguirán intentando
dificultar, pero que no podrán frenar.