Barbara Spampinato
Con el atentado a Donald Trump se
alza una vez más la vara de la violencia durante una campaña presidencial que
no hace otra cosa que exacerbar la segunda guerra civil estadounidense.
Entre los comentarios de los políticos
se puede escuchar una condena porque estos hechos serían incompatibles con la
democracia. Incluso Joe Biden se vio impulsado a declarar que “no hay espacio
en Estados Unidos para la violencia política”. Es bueno detenerse en que, entre
las tantas cosas que el presidente olvida, Estados Unidos ostenta el triste
récord de cuatro presidentes asesinados y de una secuencia de decenas de
asesinatos y atentados contra personalidades políticas de diferentes tendencias
y relevancia a lo largo de toda su historia. Esto para no hablar de la
violencia contra las personas comunes dentro de sus fronteras por parte de asesinos
que diariamente jalan del gatillo; o bien tanto dentro como fuera de las
fronteras norteamericanas por parte de aparatos represivos estatales
abiertamente activos o desde las sombras. ¿De verdad ahora tenemos que creer
que todo esto no tiene nada que ver con la política, con su naturaleza y con su
decadencia salvaje?
Muy por el contrario, la política es
indisociable de la violencia homicida ya que hunde sus raíces en la guerra. Esto
también incluye a la política democrática, como demuestra de forma ejemplar la
historia de los Estados Unidos. Desde el exterminio de los nativos americanos
hasta la masacre de esclavos en la Guerra Civil, dos actos fundacionales de la
nación, o bien las decenas de guerras emprendidas en el extranjero, cada vez
menos vencidas y cada vez más infinitas; pasando por el actual conflicto
interno que, con mayor razón hoy, no se puede definir solo como algo latente. Entre
las 50.000 víctimas por armas de fuego que se registran todos los años, los
datos de 2024 incluirán los muertos de Pensilvania el 14 de julio durante el
mitin de Donald Trump. Si alguno se imagina que el atentado contra el candidato
republicano pueda ser un punto de inflexión respecto a la violencia en la que
el país se está hundiendo, es Trump mismo quien se encarga de desmentir cualquier
ilusión: al incorporarse rápidamente después de los disparos, como sabemos
prácticamente ileso, se dirigió a sus electores y tres veces ordenó “¡combatan!”.
La lógica de guerra es inagotable, la irracionalidad típica de la democracia
decadente no parece tener frenos y el fin del sistema democrático tal como lo
conocíamos está derivando en una violencia ciega. De esta forma, en una campaña
por la presidencia en la que casi nada está claro, Estados Unidos –el país
líder del sistema democrático que, en general, anticipa lo que ocurrirá en
otros lados, también aquí– más que nunca se encuentra desorientado y
enfurecido, en peligro y sometido a su propia implosión, armado y beligerante.
En lo que atañe a las personas comunes, también más que nunca necesitado de
alternativas a la política y a sus campos de batalla.
Publicado en La Comunde online
