Por Barbara Spampinato
De esta forma, la política democrática que tocó fondo se
esconde detrás del Altísimo, en un país como Estados Unidos en el que la
religión es más importante que nunca. Así es como también los estratos más
descompuestos y retrógrados de la sociedad norteamericana, reducida a pedazos,
se enfervorizan por Donald Trump. Ven en él al mesías que los conducirá lejos
de la pesadilla de la decadencia estadounidense y sistémica al grito de “Fight!
Fight! Fight!” (¡Luchen, luchen, luchen!, ndt), el cual se siente más
siniestro que nunca considerando que, en Estados Unidos, está en curso una
guerra civil que cosecha 50 mil víctimas al año y que no deja al resguardo ni siquiera
a los candidatos a la Casa Blanca.
Ya era bastante claro, aun antes del atentado contra Donald
Trump, que las presidenciales constituían el reflejo de un mundo del que ya se
empieza a ver el final: el del sistema democrático global y el de la grandeza
de su país líder, Estados Unidos. Después del atentado, se puede ver que las
elecciones representan un nuevo detonante de la implosión norteamericana.
En tiempos de la fundación de la nación y de su ascenso
como potencia mundial, la reivindicación de una investidura divina era un
ingrediente fundamental de la receta de dominio; hoy parece haberse convertido
en el componente preponderante e irrenunciable para legitimar y hacer más
digerible el plato en mal estado de la política en descomposición, que, en la
práctica, cede el paso al poder de las armas y, en los discursos, al de Dios.
Sin embargo, no es un dios muy misericordioso el de
Donald Trump. De hecho, el candidato –que había dicho que iba a hablar a favor de
la unión y la inclusividad (!)– anunció “la más grande deportación masiva que Estados
Unidos conoció en toda su historia” contra los inmigrantes en busca de una vida
mejor, esos millones de seres humanos etiquetados por él como “terroristas y criminales”.
¿Qué pasó con esos “ama al prójimo como a ti mismo” y “fui extranjero y me
hospedaron”? La autenticidad del mensaje de Jesús, que Trump tergiversa para su
causa, en cambio promueve la obra de esas vitales minorías de voluntariosos,
religiosos o no, comprometidos en la ayuda a otros seres humanos que atraviesan
desiertos y mares enteros hacia la frontera tanto de Estados Unidos como de
otros países democráticos. Algo que la política no puede parar, ni siquiera
atribuyéndose la omnipotencia divina.