El ungido del Señor

Por Barbara Spampinato

“No estaría aquí si no fuera por la intervención de Dios Todopoderoso”, declaró Trump en la convención republicana de Milwaukee que lo coronó como candidato a la presidencia. Las referencias a la providencia divina atravesaron en muchos pasajes el largo discurso de este ser abominable, solamente interrumpido por la ovación de su público que, como nunca, estalló en expresiones de júbilo.

De esta forma, la política democrática que tocó fondo se esconde detrás del Altísimo, en un país como Estados Unidos en el que la religión es más importante que nunca. Así es como también los estratos más descompuestos y retrógrados de la sociedad norteamericana, reducida a pedazos, se enfervorizan por Donald Trump. Ven en él al mesías que los conducirá lejos de la pesadilla de la decadencia estadounidense y sistémica al grito de “Fight! Fight! Fight!” (¡Luchen, luchen, luchen!, ndt), el cual se siente más siniestro que nunca considerando que, en Estados Unidos, está en curso una guerra civil que cosecha 50 mil víctimas al año y que no deja al resguardo ni siquiera a los candidatos a la Casa Blanca.

Ya era bastante claro, aun antes del atentado contra Donald Trump, que las presidenciales constituían el reflejo de un mundo del que ya se empieza a ver el final: el del sistema democrático global y el de la grandeza de su país líder, Estados Unidos. Después del atentado, se puede ver que las elecciones representan un nuevo detonante de la implosión norteamericana.

En tiempos de la fundación de la nación y de su ascenso como potencia mundial, la reivindicación de una investidura divina era un ingrediente fundamental de la receta de dominio; hoy parece haberse convertido en el componente preponderante e irrenunciable para legitimar y hacer más digerible el plato en mal estado de la política en descomposición, que, en la práctica, cede el paso al poder de las armas y, en los discursos, al de Dios.

Sin embargo, no es un dios muy misericordioso el de Donald Trump. De hecho, el candidato –que había dicho que iba a hablar a favor de la unión y la inclusividad (!)– anunció “la más grande deportación masiva que Estados Unidos conoció en toda su historia” contra los inmigrantes en busca de una vida mejor, esos millones de seres humanos etiquetados por él como “terroristas y criminales”. ¿Qué pasó con esos “ama al prójimo como a ti mismo” y “fui extranjero y me hospedaron”? La autenticidad del mensaje de Jesús, que Trump tergiversa para su causa, en cambio promueve la obra de esas vitales minorías de voluntariosos, religiosos o no, comprometidos en la ayuda a otros seres humanos que atraviesan desiertos y mares enteros hacia la frontera tanto de Estados Unidos como de otros países democráticos. Algo que la política no puede parar, ni siquiera atribuyéndose la omnipotencia divina.