Los que prefieren castigar y los que prefieren prevenir

Por Mariana Camps

El desprecio liberfacho por los más humildes no deja de crecer. Ahora el gobierno ha presentado un proyecto para bajar la edad de imputabilidad –más bien de punibilidad, de castigo, como eligen llamarlo los y las especialistas más comprometidas en su rechazo– y, en caso de aprobarse en las cámaras, niños y adolescentes podrán ser procesados desde los trece años y recibir condenas de hasta veinte años de prisión.
Está claro que estos paladines del odio no sienten el desafío de educar y proteger a los jóvenes con la finalidad de que no se aferren a la violencia o puedan recuperarse de ella. Aun a sabiendas de que muchísimas veces entran en la edad consciente en marcos de carencias materiales y afectivas, degradación moral y disgregación social/familiar no elegida. La adolescencia, incluso en contextos difíciles, es una fase de la vida en la que los márgenes de cambio son amplios, sobre todo si hay cariño (no exento de rigurosidad en defensa de valores benéficos) y los estímulos son los adecuados. Pero estos abanderados de la represión no conocen nada de lo humano, no se sienten responsables de los dramas que generan, ni confían en los recursos potenciales de los jóvenes. Solo saben y quieren vigilar, controlar y castigar. No les importa que menos del 1% de los delitos graves de los últimos años haya sido cometido por menores de 16 años.
Por suerte, en muchos barrios populares existen personas religiosas y no, comprometidas en frenar el avance de la violencia juvenil, enfrentando muchas veces a los narcos y a la policía, que son los primeros responsables de la brutalidad. También se están movilizando contra este proyecto algunas asociaciones de víctimas de delitos cuyos protagonistas sostienen que, pese a haber sufrido agresiones, incluso muy graves, no han perdido su humanidad.