Por Mariana Camps
Es
sabido el grave abandono de la infancia por parte del gobierno: uno de sus
primeros pasos ha sido interrumpir la asistencia alimentaria a la extensísima
red de comedores comunitarios que garantizan una nutrición insuficiente, pero
indispensable, para millones de niñas y niños en el país. Incluso desde algunos
sectores de la Iglesia católica están advirtiendo sobre el rol que cumplen
estos espacios.
Lo
que es menos conocido es que una gran cantidad de estos lugares continúa
desempeñando su tarea gracias a la actividad solidaria de miles de mujeres, de
jóvenes y a las relaciones que estas/os han construido por años con vecinas/os,
escuelas, clubes, pequeñas empresas y comercios que eligen participar con donaciones.
Algunos
funcionarios de la derecha dicen, con un cinismo despiadado, que entregar
comida es “acomodar” a las personas en su pobreza. Pero, lejos de estar acomodadas,
estas mujeres, en su enorme mayoría habitantes de los barrios más carenciados
del país, se levantan tempranísimo cada día para cocinar, mientras otras
visitan incansablemente a potenciales donantes, recorren las calles y pasillos
de las villas para que las/os niñas/os asistan a los comedores y no se queden
sin comer, organizan las compras, hacen la limpieza del lugar, están atentas a
la vida de quienes se acercan con mucho amor y, al mismo tiempo, ahuyentan como
pueden a la mala gente que se acerca buscando adolescentes para el
narcomenudeo. ¿Y los niños? ¿Acomodados? Generalmente, no pueden gozar de un
desayuno en la cama ni de una heladera llena, apenas levantados. Se trasladan
cada día para alimentarse, en muchos casos llevando a sus propios hermanitos e,
incluso, no pocos colaboran con distintas tareas.
Tal vez, saber del protagonismo afirmativo, precioso y vital que está implicando para muchas y muchos afrontar la pobreza pueda ayudar a sentir mayor responsabilidad, a sacudir la indiferencia y a involucrarse en primera persona en la defensa de esta obra fundamental.
