La
búsqueda paciente necesaria para crecer humanamente juntos o la obsesión por el
progreso incontrolado de las máquinas.
La
atención prioritaria al acompañar a un niño o a una niña al jardín o a la
escuela o, por el contrario, “olvidarlo” en el auto para hacer otras cosas.
Tratar
con afecto y con gracia a niños y a niñas como seres humanos que crecen, en vez
de considerarles muñecos a los que mimar y adoctrinar.
Ser
respetuosos e incluso tímidos a la hora de fijar personalmente la hora de un
encuentro, en lugar de utilizar la frialdad de un ordenador.
La
sabia capacidad de reconocer y de elegir las/os propios líderes en vez tener la
loca certeza de que se tiene un candidato a la presidencia salvado por Dios (¿¡sic!?).
Comprensión
y compromiso tenaz en pos de la pacificación, en alternativa a la sumisión y al
silencio frente a la expansión de las guerras por doquier y sin fin.
Aprender
a manifestar en vivo, en directo y con respeto las propias emociones en lugar de
confiar en los SMS con muchos emoticones.
Atención
y cuidado cotidiano del ambiente en el que vivimos en alternativa a una aceptación
cínica del desastre ambiental generado por los Estados y las industrias.
Sumergirse
en la lectura de un libro hasta sorprenderse incluso de la importancia de una coma,
en vez de aventurarse en una ojeada apresurada en una tablet, con la certeza de
que perderemos, por lo menos, el 30% de los contenidos.
Intentar
identificarse con una persona diversa en vez de desahogar la rabia reprimida contra
ella.
Enriquecerse
humanamente relacionándose con atención a quienes llegan de otros países,
sabiendo que nadie es extranjero, en lugar de exteriorizar y empeorar las propias
frustraciones contra ellas/os.
Saberse
protagonistas de mejora de la existencia aportando los mejores usos y
costumbres del propio país de proveniencia y aprendiendo los locales sin
aislarse.
Buscar
el contacto humano con los vecinos de casa, los compañeros de trabajo y de
estudio, en vez de vagar atemorizados e indefensos en la gran ciudad violenta.
Descubrir
y cultivar las capacidades propias y las de los demás de representar y de
actuar, sin sufrir el esquema de fría y falsa meritocracia tecnológica.
Reconocer
la primariedad femenina que se alberga en cada mujer, es decir, la dignidad de
cada hombre, rechazando aceptar de manera pasiva o, peor, asumir actitudes patriarcales
y machistas. Interpretar las capacidades y modalidades propias de mujeres libres,
desembarazándose de los clichés artificiosos y falsos a propósito de la
femineidad.
Aprender
a alimentarse de manera sana y apetitosa, evitando atracarse de venenosa comida
basura.
Convertirse
en protagonistas culturales eligiendo los temas propios y los autores/as preferidos,
en vez de aceptar lo que nos vende el mercado editorial.
Ser
protagonistas de la propia libertad positiva adecuándola, ofreciéndola y
sabiendo combinarla, cuando es posible, con la de las otras personas, en lugar
de creer que es absoluta.
Aprender
a buscar el bien propio con y por los otros, enriqueciéndolo con la propia generosidad,
sin la presunción de que el bien pueda ser absoluto, privado y egoísta.
Buscar
con paciencia la vecindad, la simpatía, la amistad, la comunión que nos hace mejores,
dejando de sufrir la ajenidad social como algo inevitable.
Intentar
fundar el amor sobre la base del conocimiento, de la comprensión, del respeto,
del crecimiento de la otra persona, haciéndolo, de esa manera, más apasionado, duradero
y maravilloso, sin caer en ser víctima de la aceptación de una dictadura de la
emoción momentánea y, a menudo, engañosa.
Vivimos
entre dos mundos. Uno es, puede o busca ser el nuestro: cálido y comprometido, abierto
y creativo, recíproco y compartido, consciente y pensativo, gentil y acogedor,
riguroso y pacífico, positivo y paciente, altruista y generoso, sincero y leal,
dedicado a profundizar, a buscar e investigar y constantemente haciéndose,
conocido y por descubrir, primariamente femenino y, por lo tanto, más humano,
libre e interétnico y diversificado, pero unido en variadas expresiones y
agregaciones, como se merece el culto a la vida.
El
otro es el de ellos: frío y violento, decadente y extraño, avasallante y
prepotente, alienado y alienante, maquinador y mecanizado, superficial e inculto,
militarista, superficial y machista, opresivo y racista, gigante y anónimo,
unido en el culto a la muerte.
El
primero, o mejor, los primeros, ya que podrán ser y auspiciamos que serán
diversas las formas y las expresiones de un mundo libre, están haciéndose en la
urgencia radical e imparable, a pesar de los obstáculos que encuentran, de
humanidad y de humanización renaciente, que podemos percibir y descubrir, suscitar
y valorizar, aprendiéndola, fundándola y viviéndola cada día.
El
segundo está acabando en un largo, sanguinario y terrible ocaso: está tan
privado de perspectivas humanas y es tan incapaz de imaginarlas que fía
crecientemente su existencia a las máquinas.
Elegir como protagonistas o sufrir como víctimas: esta es la disyuntiva que, de diversas formas y con diversas posibilidades, todas/os tenemos enfrente.
Editorial
de La Comune (Italia)
21
de julio de 2024
