Por Ana Gilly
Al cierre de este número, Loan todavía continúa
desaparecido. Su ausencia es angustiante. Gracias a las enormes movilizaciones populares
que, a lo largo y a lo ancho de la provincia de Corrientes, —y con un abrumador
protagonismo femenino— no cejan en la esperanza de encontrarlo, está saliendo a
la luz una red criminal de funcionarios correntinos que estarían involucrados
en el secuestro de niños/as. Mientras acompañamos la lucha por su inmediata
aparición con vida, puede ser importante pensar juntos/as algunas cosas.
¿Cómo viven las/os niñas/os? Debería ser una pregunta
insignia a la hora de evaluar el estado de salud de cualquier agregado humano.
Sobre todo para quienes, en este mundo difícil de entender, quieren estar del
lado bueno y justo de la vida.
En Argentina, según UNICEF, siete de cada diez chicos
viven en la pobreza; el 10% está sometido al trabajo infantil; en promedio, 6
mil niños/as al año son atendidos por abuso familiar, sin contar aquellos/as
afectados por los femicidios y la violencia patriarcal hacia sus cuidadoras.
Podríamos continuar, pero lo dicho debería alcanzar para concluir que, si las
niñas y los niños no pueden vivir en paz y en libertad, es un síntoma
inequívoco del franco derrumbe de las sociedades estatales democráticas. El
punto cúlmine de esta irracional manera de vivir lo encarna Milei, que confesó
que no vería con malos ojos la hipotética compra- venta de los propios hijos
como actividad económica.
En la humanidad de cada niña y niño se juega la nuestra.
Porque todos/ as lo fuimos, por los/as que son y los que vendrán. Lo intuyen
las mujeres que, desde siempre y en cualquier lugar, se dedican a crear y
cuidar la vida de los más chicos y hacen más digna la infancia de todos.
Depende de las adultas y los adultos generar contextos en los cuales los más
pequeños que nos rodean (todos/as, más allá de las distinciones filiales)
puedan crecer, desarrollarse y ser felices, sintiéndose escuchados y valorados,
cuidados, respetados y estimulados. Si nos comprometemos por proteger y mejorar
sus vidas, mejoramos nosotros/as mismos como personas. Por Loan, y por cada
una/o de ellas/os que –sin quererlo– nos enseñan, si estamos dispuestos a
aprender, sobre el coraje que expresan para enfrentar cosas más grandes que
ellos mismos, sobre la capacidad de encontrar la belleza de la vida en las
pequeñas cosas, incluso entre los escombros. Defenderlos puede empezar por
aprender a pensar en ellos/as de manera diferente. Como lo que son, la infancia
de nuestra vida.