Ana Gilly
¿Qué pasaría si, frente a una agresión, el responsable se justificara diciendo “Pero… ¡si es parte de nuestras costumbres!”? Basta pensarlo un poco para que rechacemos esa posibilidad. Pero, al parecer, para el mundo de la pelota, funciona. “Es el folclore del fútbol”, se oyó decir para defender la canción homofóbica y racista que Enzo Fernández y compañía les dedicaron a los jugadores de la selección de Francia. “Es el folclore del fútbol”, parecían confirmar miles de hinchas de River Plate que la replicaron para apoyar a su joven ídolo. “Es el folclore del fútbol”, de nuevo, cuando se equipara la victoria sobre el rival con su sometimiento sexual, o cuando se prometen corridas y palizas a todos lo que no usen la camiseta preferida. Que la violencia es parte de la cultura futbolera y de la sociedad en que vivimos no es una novedad. Se parecen cada vez más a un campo de batalla. Lo que pasa es que hay quienes defienden y promueven estos hábitos, quienes ceden sin oponer resistencia y, por suerte, hay también personas que intentan sustraerse de estas prácticas tan arraigadas. Uno de ellos es Fernando Signorini, histórico preparador físico de la selección argentina. El “profe” siempre aprovecha la ocasión para denunciar la lógica mercantil y perversa del fútbol profesional que, según él, se consumó en el mundial de Qatar. Tuvo la valentía de decir, en pleno fervor por la Scaloneta, que “se va a jugar sobre estadios regados por la sangre de 7 mil obreros de la construcción muertos, gente tan humilde como muchas familias de los futbolistas”. Concibe al deporte como algo lúdico y saludable en el cual forjar valores sociales positivos, esto es lo que enseña en el equipo Villas Unidas que conforma con niños/as de Capital Federal y del Gran Buenos Aires. Es cierto que, habiendo sido el preparador físico de Diego Maradona, tiene una visión condescendiente hacia el jugador y sus incontables problemas morales, que no puede soslayarse. Con todo, él y tantas otras personas de clubes de barrio que intentan ser promotores y educadores en una manera más humana de concebir y vivir el juego nos dicen que, al final, es posible (y mucho mejor) desacostumbrarse a la violencia.
