Ana Gilly
Nadie vio nada. Nunca escucharon los gritos, ni notaron los golpes en el cuerpo de la anfitriona. Tampoco hubo quien preguntara por su ausencia cuando se escondía por largos períodos en otros ambientes del hogar. Contado así, podría ser la historia de muchas mujeres que sufren violencia de género. Pero el relato resulta aún más inverosímil si sabemos que el escenario es la quinta presidencial. Allí hay un intendente que vigila y organiza la vida cotidiana, hay ministros y funcionarios que la frecuentan todos los días, hay políticos opositores que hacen sus visitas, hay periodistas acreditados, hay personas del espectáculo amigas del oficialismo y abonadas a las fiestas. Ahora, luego de la contundente denuncia de Fabiola Yáñez contra Alberto Fernández, todos ellos se sorprenden porque ¿nadie, nunca, se dio cuenta de nada?
El mecanismo de protección a los patriarcas y violentos está muy aceitado en las filas del peronismo. Es una formación que nace de la mano del General y su obediente esposa, y dio a luz una red de varones bonaerenses, como Espinoza, y la liga de viriles gobernadores, como Alperovich, que supieron consolidar la impronta masculina de origen. Pero para ello, lamentablemente, hacía falta el silencio, sufriente, aunque no por eso menos cómplice, de las mujeres que secundan este proyecto. Basta ver el rol de encubridora de la que fue secretaria del expresidente, María Cantero, o la negación de las mismas ministras de género. El peronismo contra la libertad de las mujeres, desde siempre. Y no hay corbata verde que pueda maquillarlo.
Es cierto, al mismo tiempo, es una situación gravísima. No por “las consecuencias políticas” que los miembros del PJ están tratando de frenar, con la inmoralidad que los caracteriza. Tampoco principalmente por lo que pueda hacer la derecha reaccionaria y misógina en el poder con todo esto la que, en definitiva, también está sacando su propio provecho político. Es grave ante todo por el sufrimiento de la víctima (una mujer del seno del poder opresivo) que necesita respeto y solidaridad. También porque el evidente y previsible derrumbe del feminismo institucional puede significar un golpe duro para la conciencia de muchas todavía ilusionadas con que el bien y la libertad de las mujeres podían ser garantizados por el Estado y no por ellas mismas unidas. Mucho menos en estos tiempos de resquebrajamiento de la democracia y de decadencia imparable de sus principales intérpretes.
