Mariana Camps
De sectores de la Iglesia católica o inspirados en el ideario cristiano no dejan de escucharse voces de oposición al gobierno de Milei y a su despiadado ataque a las condiciones de vida de las grandes mayorías.
San Cayetano, un presbítero italiano que vivió en el siglo XVI y fue canonizado en el XVII, considerado patrono del pan y del trabajo, convoca cada 7 de agosto a cientos de miles de fieles que se reúnen en el santuario del barrio de Liniers. Son habituales las imágenes de esperanza en el futuro y de agradecimiento. Las ofrendas fueron cambiando con los años: las flores y velas dieron lugar a alimentos no perecederos y prendas de vestir. La memoria colectiva atesora la imagen de un Cayetano de Thiene austero que, habiendo renunciado a los bienes materiales que le concedía su condición de noble, se entrega a la ayuda de los enfermos y más humildes. Se trata, por lo tanto, de una jornada de comunión religiosa de miles de personas –es decir, en la que la esperanza se deposita en el más allá, en la obra divina y no humana–, pero que expresa valores que tienen origen y consecuencias terrenas: vivir bien requiere generosidad, solidaridad, ayuda recíproca. En las diversas misas ofrecidas durante la jornada, se manifestó desde el púlpito la necesidad de defender la dignidad humana herida, y este año salió desde Liniers una importante movilización hasta Plaza de Mayo, convocada por decenas de organizaciones sociales –religiosas y laicas–, de derechos humanos y sindicales por pan, paz, tierra, techo y trabajo.
Quienes denuncian la instrumentalidad de la política en la convocatoria a esta marcha son los principales responsables de niveles de hambre inéditos en el país. Está clara la catadura (in)moral de ciertos dirigentes sindicales que tienen un pie en las movilizaciones y otro en la mesa de negociación (¿o de entrega?) con el gobierno más reaccionario y liberticida desde la última dictadura. Pero también aparece bastante claro que, a partir de las esperanzas y exigencias de equidad y dignidad presentes en muchísimas personas comunes durante esta jornada –en la iglesia y en la plaza– se pueden nutrir ideas y sentimientos mejores y fundamentales para hacer frente a la indiferencia y al egoísmo que campean en la sociedad y que están habilitando a Milei y a sus sátrapas para hacer de las suyas.
