Facundo Esteban
En un momento cualquiera del día, cerrar con llave las puertas de las aulas, apagar las luces, separar a los niños en grupos para minimizar las bajas, guardar silencio y señalar los mejores lugares para esconderse, como armarios o bajo la mesa del profesor. Se trata de algo cotidiano para cualquier niña/o en las escuelas de EEUU, ya sea como simulacro o como aterradora realidad para salvar la vida en alguno de los tiroteos que sacuden diariamente a la sociedad.
Cada año, unos 50 mil estadounidenses mueren por heridas producidas por armas de fuego. Al día de hoy, se cuentan más armas registradas que habitantes: con menos del 5% de la población global, los estadounidenses poseen el 46% del arsenal civil mundial. Los tiroteos masivos regulares, un fenómeno exclusivo de este país, ocurren con una frecuencia cercana a la de dos por día y aumentan año a año.
La violencia y la guerra son parte de la vida en los EEUU desde los orígenes. La prohibición de portar armas de fuego para los colonos americanos, a diferencia de los ciudadanos británicos, estuvo entre las demandas iniciales que llevaron a la guerra por la independencia. El rol de las milicias en la victoria sobre el ejército de la metrópoli configuró un ideario en el que la portación de armas (solo permitida para los hombres blancos protestantes) se asociaba a la lucha contra la tiranía del rey y por la libertad.
A la guerra de la independencia siguió la expansión hacia el oeste, con la masacre de innumerables pueblos aborígenes, llevada a cabo por el ejército y por colonos ávidos de nuevastierras y riquezas. En las zonas colonizadas, habitualmente la “tierra sin ley” se defendía con la ley del más fuerte. Otras numerosas guerras expansionistas de diversa intensidad se sucedieron a lo largo de todo el siglo XIX, configurando una verdadera nación en guerra permanente.
En forma simultánea, la esclavitud hizo cotidiana la brutalidad e indispensable la posesión (y uso) de armas para los propietarios, incluso en la forma de milicias que fueran capaces de suprimir rebeliones. La sangrienta guerra civil que dividió el país entre 1861 y 1865, lejos de servir para dejar atrás la violencia, significó la legalización del racismo y la formación de grupos semiestatales (como el famoso Ku Klux Klan) encargados de mantener el statu quo en los antiguos estados esclavistas.
Durante el siglo XX, las dos guerras mundiales desarrollaron el poderío militar de los EEUU, ratificado por las bombas atómicas contra Japón. La configuración del conglomerado militar industrial hizo indisolubles a la guerra y al sistema de dominio. En la doctrina norteamericana, la violencia de las armas se convirtió en una necesidad indispensable para defender la democracia y la libertad, tanto en casa como en el extranjero.
En medio del colapso acelerado del sistema democrático, la cultura de la violencia encuentra un caldo de cultivo privilegiado en las redes sociales y en personajes como Trump. El rescate de las mejores personas, en cambio, requiere romper la inercia social en la convivencia con las armas y las guerras. Podemos vislumbrar inspiración en las pasadas luchas pacifistas contra la guerra de Vietnam o en los activistas del presente que luchan para evitar la libre circulación de armas.
