Julia Rohatsch
Desde Condorcanqui, una región recóndita en el Amazonas peruano lindante con Ecuador, llegan voces de esperanza. En un país donde el Estado y las clases dominantes tienen una mirada y una actitud de desprecio y estigmatizante hacia las comunidades originarias, las mujeres awajún están siendo un ejemplo en la búsqueda de dignidad y justicia en defensa de la vida y de la infancia.
A mediados de junio, un grupo de ellas nucleadas en el Consejo de Mujeres Awajún y Wampis, a través de su referente Rosemary Pioc, decidieron romper el silencio y comenzaron una campaña en los medios de comunicación para visibilizar la violencia sexual sistemática que sufren las niñas, los niños y jóvenes de sus comunidades por parte de los profesores, el personal administrativo y los promotores educativos en las escuelas y albergues estudiantiles rurales. Afirman que son más de 500 los casos registrados, que muchos otros aún no se denunciaron y, lo que es más indignante, solo una parte de los docentes implicados han sido destituidos de sus cargos.
Su valentía se mide en su obra. Están desafiando no solo las lógicas patriarcales que viven en sus propias comunidades y que brindan complicidad y silencio, sino también el racismo patriarcal descarado del Estado que se expresa en las palabras del ministro de educación cuando afirma que los abusos son “una práctica cultural para ejercer una forma de construcción familiar”. Pero en este compromiso no están solas. Su fuerza se ha acrecentado en la unión que han impulsado con otras mujeres y organizaciones que defienden los derechos de los pueblos originarios. Juntas están suscitando la reacción solidaria de algunos sectores de la sociedad y están organizando marchas que se están replicando en distintas ciudades. En una entrevista, Rosemary dijo: “yo me siento fortalecida porque sé que estoy haciendo lo correcto. Los abusos tienen que parar”. Si esta situación sale a la luz ahora, es por el coraje de las mujeres awajún que comenzaron a alzar la voz.
