Ignacio Ríos
Las elecciones del 28 de julio terminaron exacerbando la crisis venezolana. Las protestas contra los resultados exhibidos por el oficialismo fueron reprimidas fuertemente, con varios muertos y centenares de detenidos. El chavismo va sumando así medidas cada vez más totalitarias, desde la disolución de la Asamblea Legislativa luego del triunfo de la oposición en las elecciones de 2015 y la proscripción de las principales listas opositoras en 2018. De ser cierto, esta sería la primera vez que el régimen necesita montar un fraude electoral para justificar su permanencia en el poder.
Al mismo tiempo, siguen existiendo algunos elementos formales democráticos, como las instituciones republicanas, los partidos políticos, espacios de libertad de prensa y asociación y gobernadores y alcaldes de la oposición que todavía están en funciones.
No es fácil definir lo que es Venezuela hoy. Se trata de una suerte de híbrido entre dictadura y democracia y, en estas jornadas, están tomando la delantera los rasgos más dictatoriales, en un país en gran medida manejado por militares. Esa mixtura también se verifica en el plano de la economía, ya que las grandes petroleras internacionales (como la yanqui Chevron, además de las chinas y rusas) están en el país asociadas con PDVSA, lo que echa por tierra el carácter supuestamente antiimperialista del gobierno de Maduro.
Es más útil advertir los fenómenos vinculados a la decadencia de la política democrática –que tiene sus propios ritmos en el continente– y del chavismo en particular. Venezuela es un buen ejemplo de que las democracias ya no poseen recursos para impedir que, desde su interior, se socaven sus propios mecanismos hasta convertirse en otra cosa, dejando que ciertas castas se eternicen en el poder o que campeen a sus anchas formaciones neofascistas. Y si esto sucede, es porque las democracias son, en su seno, todas autoritarias, represivas y nacidas de la guerra.
Asimismo, no sorprende que el chavismo actual sea un engendro. Estamos hablando de un movimiento político que se fortaleció al cooptar e instrumentalizar, con mano de hierro y algo de carisma, procesos de movilización popular en la larga estela del Caracazo del 89 y con el descontento hacia la corrupta burguesía tradicional que gobernaba el país a cuestas de la renta petrolera. Hoy no hay apoyo popular ni procesos de movilización que cooptar y solo queda la mano de hierro. Los movimientos de masas que existen actualmente son los de la emigración de millones de mujeres y hombres en busca de una vida mejor. Esto demuestra que la historia siempre la marca la gente común, su protagonismo y sus esperanzas, muchas veces truncadas y traicionadas.
En este sentido, hay un gran peligro en curso: la situación de polarización y violencia puede promover el crecimiento de hipótesis de extrema derecha que compiten para ver quién tiene el discurso y las promesas más radicales contra el chavismo decadente. María Corina Machado está a la derecha de Capriles, de Leopoldo López y de Guaidó, otrora líderes de la oposición. Sobre todo, se agrava la deriva conciencial de la mayoría de la población. Sin embargo, la gente común no está condenada a decantarse por el represor Maduro o por la oposición de derecha proyanqui. Un camino propio es complejo, pero se vislumbra en la capacidad de tantas personas de recrear condiciones de vida dignas entre tanta miseria y agresividad.
