Destellos comunitarios entre la humanidad en camino

 





Cecilia Buttazzoni

En distintas plazas y espacios públicos de la Ciudad de México, inmigrantes de diversas procedencias se unen y construyen campamentos donde pasan largas temporadas mientras esperan conseguir un turno (se entregan 1500 por día de más de 250 mil solicitudes) que les permita tramitar los papeles para ingresar a Estados Unidos. Son agregados de aproximadamente quinientas personas que, agotadas por el viaje, con escasos recursos materiales y falta de servicios básicos, están expuestas a diferentes enfermedades. Una situación sumamente compleja para mantener una buena convivencia; sin embargo, la cooperación y la ayuda mutua es lo que prevalece entre los habitantes por sobre una minoría miserable que busca aprovecharse, por ejemplo, alquilando carpas. 

En la plaza La Merced, frente a la Iglesia Santa Cruz, se encuentra uno de los campamentos más grandes y permanentes: se estima que vivieron allí, en el último año, 2000 inmigrantes de América Latina –en su mayoría de Haití y de Venezuela–, así como de distintos lugares de África y de China, de los cuales el 40% son niños. En este lugar, los relatos de los inmigrantes y voluntarios –vecinos que se comprometen en la parroquia y de organizaciones como Médicos Sin Fronteras– cuentan que, a pesar de los problemas de comunicación idiomática, cultural y religiosa, la solidaridad es posible a través de señas y gestos y que las personas, con el paso de los días, se van acercando y conociendo. En este sentido, los juegos entre los niños y las tareas de cuidado y alimentación por parte de las mujeres fueron los primeros pasos, a los que siguieron la organización de la limpieza, la seguridad y la infraestructura, y también la fabricación de una bomba para hacer llegar el agua potable. Poco a poco, el campamento se fue transformando para muchos en un refugio y espacio de posible amistad en el que se festeja con música y comida la llegada de un nuevo turno. Un ambiente muy distinto a los albergues estatales que son denunciados por los constantes maltratos de los funcionarios y por el régimen estricto, casi carcelario, que imponen. 

Los campamentos de inmigrantes –no sin problemas de racismo ni contradicciones, tanto en su interior como en relación a los vecinos locales, que en ocasiones se concentran para exigir su desalojo– conforman lugares donde acompañarse, cooperar, compartir recursos y experiencias desoladoras y esperanzas. Pinceladas de nuevas comunidades en camino, de personas que se unen solidariamente para proyectar sus sueños y enfrentar las dificultades.