En el caudal de
comentarios periodísticos sobre las elecciones presidenciales de Estados Unidos,
se puede leer, por un lado, sobre el renovado entusiasmo del electorado
democrático luego de la renuncia de Biden y sobre la convención de Chicago en
la que Kamala Harris fue nominada; y, por el otro, sobre el consecuente
nerviosismo de Donald Trump, cuyos probables y comprometidos accesos de ira
intenta prevenir su staff de varias maneras.
En una
situación que, como fue reconocido en la convención democrática por los Obama,
es todo lo contrario a fácil, parece que prevalecen los aspectos más
contingentes y superficiales: de un lado, se hace hincapié en la emotividad del
público y, del otro, se improvisa, dado que ninguno de los dos candidatos tiene
soluciones de fondo a la descomposición de los asuntos sistémicos; Kamala
Harris hasta hoy ni siquiera tiene un programa claro, mientras los contenidos
que motivan al electorado de Trump son conocidos y destacados. Como falta una
visión del futuro, la improvisación reina soberana y se intenta atraer al
electorado solicitando su emotividad, que expone a las personas a ser presas de
frustración rabiosa o de una euforia sin bases claras: estados de ánimo que
resultan más peligrosos en el actual deshacerse de la sociedad democrática que,
en la enemistad e incluso en el odio recíproco, precipita hacia un escenario de
guerra civil.
Los periódicos
italianos tratan el tema según esquemas locales que no funcionan para Estados
Unidos: haciendo, implícita o explícitamente, la simplificación por la cual los
demócratas serían la izquierda y los republicanos, la derecha. Pero los
esquemas no funcionan más y la prueba está en los trágicos acontecimientos que
acompañan a este fin de la contemporaneidad: las guerras. Tanto con respecto a
Ucrania como a Medio Oriente, se equivocaría quien esperase encontrar en el
frente republicano solo halcones y en el democrático, solo palomas. Lamentablemente,
la rapacidad es el rasgo distintivo de los dominantes decadentes en ambos
bandos, que puede expresarse de manera diversa de acuerdo a las oportunidades,
pero los acomuna en la incapacidad de proyectar soluciones con un mínimo de
perspicacia al final de su mundo para detener el belicismo propio y de los
otros.
El punto actual
de la carrera hacia la presidencia del país líder del sistema democrático es
que cada uno de los candidatos intenta pescar en el bando del otro. Pero esto
no debe sorprender si se considera que los rasgos comunes de los diversos
contendientes por el dominio son, en el fin del sistema, mayores que los
distintivos. A pesar de lo que los periódicos progresistas escriben, también en
nuestro país.
Publicado originalmente en La Comune (Italia) n.451