Mamadou Ly
Desde Sudán llegan cada día
noticias horribles de enfrentamientos armados entre el ejército comandado por
el general Abdel Fattah al Burhan y las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF) del
general Mohamed Hamdan Dagalo, el infame Hemetti, jefe de las milicias
Janjaweed. Desde abril de 2023 hasta hoy, el enfrentamiento ha provocado decenas
de miles de muertos –Tom Perriello, enviado estadounidense, habla de 150 mil víctimas–,
además de 10 millones de refugiados, más de 18 millones de personas que corren
el riesgo de sufrir hambre y sed, y la destrucción de casi todas las
estructuras sanitarias: una devastación humana y material de dimensiones espantosas.
Desde hace décadas, el país está
en el podio de las guerras y conflictos silenciados en curso en el mundo, primacía
que se ha consolidado aún más en este último año y medio, incluso considerando
la contemporaneidad con los sucesos en Ucrania y Medio Oriente. Pero las
modalidades mismas de esta guerra dicen que no estamos solo en presencia de
tropas que combaten, listas para todo, por el control o la conquista de
territorios o posiciones. Mientras se enfrentan, lanzan con igual ferocidad
bombas sobre los centros habitados, masacran poblaciones civiles en barrios o
pueblos donde no hay rastros de tropas “enemigas”, violan y destruyen todo.
Al Burhan y Hemetti están tratando
de borrar con el terror y la muerte hasta el recuerdo mismo de la infracción al
dominio absoluto en el país por parte de los regímenes que se han sucedido desde
la independencia hasta 2019. Una infracción basada en la valiente y
significativa insurgencia popular que volvió a poner todo en discusión,
obligando al ejército a aliarse con las milicias de Hemetti –responsables de la
limpieza étnica en Darfur entre 2003 y 2020– para vaciar la Plaza Tahrir de
Khartoum y para demoler lo que las y los protagonistas habían comenzado a
construir. Hoy se disputan el poder, pero juntos están empeñados en castigar a
quien había osado alzar la cabeza y en desanimar a quien quiera volver a intentarlo.
Lo hacen con armas que les proveen las monarquías del Golfo, China, Rusia y
Turquía, mientras las potencias occidentales, la ONU, la Unión Africana y la Liga
Árabe sustancialmente se desinteresan, no obstante sus proclamas. Es el rostro vengativo
de los poderes dominantes y decadentes, fuera de control y sin frenos.
Las sudanesas y los sudaneses tienen,
sin embargo, los recursos humanos e ideales para reaccionar, como demuestran
también ahora –junto a las pocas asociaciones y ONG que quedan– realizando cada
día varios y heroicos actos de solidaridad, acogida y ayuda mutua. Es la
esperanza que permanece, débil, pero fundada.
Publicado originalmente en La Comune (Italia) n.453