A 40 años del Nunca Más: la búsqueda de verdad, justicia y sus protagonistas

 




Cristina Gabelloni & Mariana Camps

En 1983, el presidente Alfonsín crea la CONADEP (Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas) sobre la base de compartir con Ernesto Sabato, presidente de dicha Comisión, y otras figuras de la cultura la llamada “teoría de los dos demonios”. Un enfoque que equiparaba los crímenes del terrorismo de Estado durante la dictadura del 76 con el accionar de la guerrilla, lo que, en última instancia, tendía a justificar la necesidad del golpe y las múltiples complicidades de partidos e instituciones. Se trataba así de terminar con el “tema” de los derechos humanos al menor costo posible para las fuerzas armadas de cara a la democracia naciente. También de ocultar los verdaderos objetivos de la dictadura militar de disciplinar y aplastar las mejores motivaciones de la sociedad y sus procesos de movilización y organización en los años sesenta y setenta.

A partir de entonces, y durante diez meses, cientos de investigadoras/ es recorrieron el país yendo al encuentro de exdetenidas/os y de familiares y amigos testigos de secuestros para tomar declaraciones. En un informe de 50 mil páginas dieron cuenta –a esa fecha de la investigación– de más de 340 centros clandestinos de detención, de 8960 desaparecidos, de secuestros, torturas y muertes sistemáticas, de robos de bebés y personas arrojadas al mar con los “vuelos de la muerte”. Un informe que servirá de base, en 1984, para la publicación por Eudeba del libro Nunca Más y que, posteriormente, será la documentación utilizada en el Juicio a las Juntas de 1985. En el prólogo, Sabato sentenció sin rebozo: “Durante la década del 70 la Argentina fue convulsionada por un terror que provenía tanto desde la extrema derecha como de la extrema izquierda, fenómeno que ha ocurrido en muchos otros países”. Así le reabrió las puertas a la posibilidad, hoy tan en boga, de justificar el accionar criminal de los militares.

Ahora bien, los testimonios que se conocen hablan del horror, pero también hablan de la valentía de quienes no querían callar sobre lo que les había sucedido a pesar de que la nueva democracia ofrecía mínimas garantías. Además, cuentan ejemplos de la ayuda recíproca que muchas veces primó entre los detenidos por sobre la desconfianza que inculcaban los militares dentro y fuera de los centros clandestinos de detención o en las cárceles legales, y de muchos casos donde el miedo pudo estar subordinado a la defensa y afirmación de la vida.

Entonces, ¿por qué todo esto es recortado y manipulado en las quinientas páginas del famoso libro haciendo hincapié solo en el terror de la dictadura e ignorando la dignidad que fueron capaces de expresar tantas víctimas aun en las peores condiciones? Tal vez, porque exacerbar la memoria del terror era más útil para que las personas entregaran sus esperanzas a las instituciones y delegaran cualquier intento de protagonismo.

En realidad, lo que sabemos de la feroz dictadura del 76 es fruto de la exigencia de verdad y justicia de la mayoría de la sociedad que se expresó en la lucha de organismos de derechos humanos, partidos de izquierda y miles de personas solidarias; es el resultado del coraje de quienes eligieron testimoniar contra los represores, sabiendo el riesgo que esto implicaba. No casualmente, estos protagonistas quedaron fuera de la CONADEP por ser incómodos para la impronta cultural negativa basada en el miedo y el terror propia del Nunca Más. Partir, en cambio, de la defensa de la vida que expresaron tantas personas puede ser la posibilidad de un compromiso renovado por los derechos humanos.