Nuevamente cientos de miles de personas se movilizaron en defensa de la educación pública. Para muchos está en juego el deseo de mejora, el cultivo del conocimiento como factor de crecimiento. No se está dispuesto a negociar ese mínimo de equidad que, hoy, es lo máximo que pueden ofrecer los opresores. Se rechazan el elitismo descarado, la superexplotación de los docentes que viven con salarios míseros y la condena al embrutecimiento que intenta dictar este gobierno.
Al mismo
tiempo, la justa movilización está sembrada de trampas. Hay una confianza
ingenua en políticos y dirigentes corruptos. Se tiene expectativas en el mismo
partido que usó a la UBA como su bastión constructivo, la UCR, y que, al mismo
tiempo, hoy está garantizando a Milei todos sus magros, pero destructivos, triunfos
en el Congreso.
En las calles,
las genuinas aspiraciones positivas se entreveran con un patriotismo ignorante
que replantea exclusiones negando la común humanidad diferente propia de todas
y todos. Es necesario aprender a pensar mejor, a educarse en una conciencia más
plena y cultivada de nuestras características humanas y de la condición en la
que se vive acá y en el mundo. No solo exigir ser (des)educados.
El derecho a la
educación superior gratuita es un principio sacrosanto que debe estar
garantizado para todas y todos los que habitan el país, independientemente de
su procedencia, como una parte elemental de la libertad de elegir la propia
vocación.
Al mismo
tiempo, la exigencia humana de estudiar es parte de una tensión humana al
mejoramiento de la vida que los Estados canalizan instruyendo en criterios
opresores y en una ciudadanía disciplinada. Los Estados podrán ofrecer contenidos
más o menos críticos, pero nunca realmente alternativos al dominio burgués
decadente, teñido de guerras y de violencia. Justamente, una expresión nítida
de esta decadencia, que hoy está representando el inicio del fin de su mundo, es
que a través de su instrucción ya no tienen nada que ofrecer a futuro. Por esta
razón, no está en curso ningún proyecto de reconversión educativa para las
universidades públicas: solo privatización, es decir exclusión. No hay proyecto
en parte porque los opresores han perdido toda confianza en las capacidades
humanas, incluidas las propias. Confían solo en las máquinas (triste
autoconsideración y destino) y están arrastrando a las personas (en este caso,
casi sin resistencia) a una perversa alienación digital de la que es urgente
empezar a sustraerse.
Está en las
personas hacer valer lo profundamente humano de la mejor curiosidad, de la
búsqueda de aprender para crecer y ser mejores (tal vez algo de esto comience a
asomarse en las tomas de diversas facultades del país). Esta tensión necesita
más que nunca colorearse con ideas de la vida que pongan en el centro el bien
común, la dignidad, el respeto, la solidaridad, la ayuda mutua, el cuidado de
la naturaleza, la equidad, la pacificación cotidiana contra las guerras y la violencia,
la libertad de las mujeres y, por lo tanto, la de todos. Está en juego
disponerse a estudiar, a educarse para cultivar nuevos valores benéficos, en
fin, está en juego la voluntad de empezar a cambiar para mejor. Así intentamos
educarnos quienes nos inspiramos en el humanismo socialista y buscamos suscitar
estas ideas y valores en cada lugar de nuestra vida y compromiso.
Y les cabe a
las vanguardias, a las organizaciones populares independientes y a las
organizaciones de izquierda responder a esta exigencia fundamental, uniéndose
para derrotar el veto, siendo parte de un debate fundamental que puede
alimentar un posible protagonismo estudiantil realmente independiente y
combativo.
Comité de Redacción