EEUU: en las redes de la decadencia

 



Facundo Esteban

En el marco de la compleja y acelerada decadencia del sistema que los EEUU condujeron desde el final de la Segunda Guerra Mundial, las más importantes empresas tecnológicas norteamericanas están dispuestas a convertirse en actores directos en el nuevo (des)orden global. Las siete mayores empresas del mundo por valor bursátil se dedican a las nuevas tecnologías, mientras que seis de los diez hombres más ricos están relacionados directamente con el sector. Estos empresarios ya no quieren límites a su poder ni a su dinero.

Luego de las elecciones presidenciales de 2016, Facebook fue acusada por su responsabilidad en la difusión de noticias falsas y por la injerencia en el uso de su plataforma por parte de gobiernos extranjeros, que favorecieron al candidato Donald Trump. La divulgación a través de redes sociales del llamado a la toma del Capitolio en 2021 obligó a varias de estas empresas a bloquear las cuentas del expresidente y de otros activistas radicales, principalmente con el objetivo de no ser consideradas cómplices de los cargos criminales que enfrentaron sus protagonistas.

Apenas tres años después, estas restricciones no solo se han revertido: las plataformas de redes sociales han hecho pública la reducción de sus ya exiguos controles sobre la transparencia informativa y la intolerancia. La red social X se ha vuelto el megáfono más poderoso del extremismo político, la desinformación y el racismo, a la par de que su dueño Elon Musk se integra sin ambages en la campaña de Trump. En simultáneo, las empresas del oscuro rubro de las criptomonedas representan cerca de la mitad de los aportes corporativos a las campañas presidenciales.

La visión de un mundo idealizado e inevitable en la vía del progreso que las empresas tecnológicas pretendieron difundir empieza a agrietarse. Los principales motivos incluyen difundir discursos de odio (o genocidios, como en el caso de Myanmar), deterioro de la salud mental, campañas políticas adulteradas, monopolio, evasión fiscal y un largo etcétera. El desarrollo acelerado y sin control de la inteligencia artificial, todavía en ciernes, promete un nuevo negocio multimillonario y estratégico para las empresas, que quieren evitar a toda costa tanto la regulación como la competencia.

Por otra parte, los fines de la política de los partidos tradicionales se han amoldado cada vez más a los medios masivos de comunicación, al algoritmo y el “lenguaje” de las redes sociales. Luego de décadas de adaptación progresiva al sistema mediático (diarios, radio y TV) y al juego periodístico, finalmente las redes sociales permitieron el contacto “directo” con el público. Esto ha acelerado la pauperización extrema del discurso, convertido ahora en 140 caracteres instantáneos o en un “viral” en una plataforma. La opinión razonada y la información precisa son cada vez más intrascendentes, mientras que las mismas nociones de verdad y de realidad han perdido cualquier relevancia en aras de los emoticones y los “me gusta”. Las consecuencias están a la vista no solo en la conciencia de los electores, sino también en la de los propios candidatos, que se presentan abiertamente caprichosos, inmaduros, mentirosos, misóginos, violentos: “auténticos”, en palabras de los epígonos.

En este contexto de disgregación, las redes sociales son las encargadas de propagar la crisis de la democracia, dejando al descubierto algunos de sus desvalores de origen y potenciando la polarización al interior de las sociedades. Es posible escapar de esta espiral que proponen los poderes establecidos, partiendo del reconocimiento de lo que nos une en nuestra diversidad. Un paso que nunca podremos dar con el elemental lenguaje de los unos y ceros de las máquinas.