Las palabras que usan y el futuro que anuncian

 





Mariana Camps

Hay palabras que se repiten demasiado a menudo en los medios de comunicación como si fueran la clave del futuro. Un ejemplo de estas es “equilibrio fiscal”. Nadie puede entender de por sí a qué idea y práctica de la vida remite este concepto.

Pero cuando se utilizan términos despectivos y agresivos para hablar de las ancianas y ancianos, como hace este gobierno buscando justificar el achique brutal de las jubilaciones, las cosas están más claras: se habla directamente de seres humanos a los que se está despreciando. Esta debería ser una alerta clave: ¿qué sociedad puede ser benéfica si sus habitantes más añosos no tienen garantizada la dignidad? Un tipo de agregado humano así no avista el futuro, su mirada es corta, sin perspectiva. Tiene sentimientos y proyectos limitados, mezquinos y débiles. Por esta razón, la brutalidad de Milei y sus patéticos secuaces es síntoma de fragilidad y de la pequeñez frustrada de sus aspiraciones. Lo que no los hace menos peligrosos, al contrario.

Pero los seres humanos no se conforman con esa escasez de miras y pueden aprender ideas y prácticas que ayuden a la construcción de relaciones y colectivos unidos por el bien compartido y expansivo. Esto puede implicar, por ejemplo, empezar a reconocer e interesarse genuinamente por la sabiduría conquistada por quien ha llegado a la llamada “tercera edad” como fuente de enriquecimiento y, además, valorar la custodia afectiva y más serena de la vida que suelen ejercitar, sobre todo en el caso de las mujeres.

Hacer frente, junto a ellas y ellos, al ataque siniestro que sufren por parte del gobierno puede hacernos volver sobre el significado potencialmente positivo de palabras olvidadas o maltratadas: cercanía, solidaridad y espíritu de comunión. ¿No hubo atisbos de eso durante los primeros meses de la pandemia, cuando muchos jóvenes se preocuparon activamente por sus vecinos ancianos más expuestos a la enfermedad, independientemente de si eran sus parientes de sangre?

Y, sobre todo, puede llevarnos a aprender que en un agregado humano en donde las distintas generaciones se encuentran curiosa y respetuosamente para compartir los distintos aspectos de la vida, reconociendo el protagonismo propio y fundamental de cada franja etaria, hay más condiciones para todas y todos de vivir plenamente.