Bolivia: divide y... dividirás

 



Ignacio Ríos

La sociedad boliviana está entrampada en la batalla de poder entre el presidente Luis Arce y Evo Morales hacia las elecciones de agosto de 2025. Los tonos que esta pelea adquiere son absurdos y poco claros: comprende aquella invasión de tanques a la Plaza Murillo en junio o ahora los balazos al coche de Evo Morales y la posterior toma de rehenes. La irresponsabilidad de ambos contendientes está llevando al peligro concreto y real de un desastroso conflicto civil, aunque sea a pequeña escala.

Salvo el corto período de Jeanine Áñez en el poder, el MAS gobierna Bolivia nada menos que desde 2006. Sus internas marcan el compás del reacomodamiento y la configuración del poder estatal, pero lo que se ve claramente es que los mecanismos democráticos valen cada vez menos para dirimir, gestionar y administrar las pujas entre sus diferentes facciones. Es por esta misma razón que las herramientas judiciales y legislativas se ponen al servicio de la batalla por el poder negativo.

El mundo diseñado por los opresores se derrumba y América Latina no es la excepción: sus propios mecanismos regulatorios crujen y se aprecia cada vez más la lógica bélica que los mueve, lo que se hace visible contra otros Estados, contra las poblaciones autóctonas o en las relaciones entre ellos mismos.

Es una fase en la que se manifiesta crudamente esta lógica de conflicto y de guerra y también la inmoralidad de los señores de la opresión y de los Estados. A tono con los rasgos autoritarios y ferozmente patriarcales de los caudillos latinoamericanos, Evo Morales afronta una investigación por abuso de menores que data de hace años y que el gobierno de Arce cajoneó solo hasta que rompieron relaciones entre sí, lo que demuestra la horrenda instrumentalidad que rige la vida del MAS, otrora paladín y abanderado de la izquierda latinoamericana.

Pero además de este rasgo general, la laceración no se detiene en las cúpulas del MAS ni en las instituciones estatales, sino que ha impregnado la vida social y popular de este país tan complejo y diverso. Desde hace años, los gobiernos masistas se dedican a cooptar, controlar y dividir a las organizaciones sociales sobre las que supuestamente se apoyaban. Así lo ha hecho Morales para restar fuerza a los reclamos indígenas contra las medidas antipopulares de sus gobiernos (muy claramente desde la lucha del 2010 en defensa del Tipnis) y así también lo está haciendo Arce para recortar espacios de poder a su archienemigo. Uno de los resultados concretos de estas maniobras es que los colectivos indígenas y campesinos no tienen la misma fuerza que antes, por ejemplo, para contrarrestar la deforestación y el agronegocio motorizado por la burguesía boliviana y la derecha racista.

Ante un nuevo intento de intervención gubernamental a una de sus sedes, los llamados “Ponchos Rojos” de la federación campesina Tupac Katari de La Paz hicieron público un comunicado que se titulaba “No es por Evo ni por Arce, carajo”. Una señal de que desde las bases de ciertas organizaciones sociales comienza a surgir la exigencia de recuperar la independencia perdida y de no ser más peones de estas pujas de poder.