Griselda López
El encuentro que realizamos el sábado 2 de noviembre –presentado por Mariana C. y Ana G.– me hizo pensar muchas cosas. Quisiera compartir algunas de ellas. Somos una especie compuesta por dos géneros. El femenino es el primero que crea la vida (sean las mujeres madres biológicas o no) y la recrea día a día en todo el mundo. Este encuentro abrió la reflexión sobre cómo las mejores características del género femenino pueden animar las elecciones de varones y mujeres que buscan una vida mejor juntos.
Una mirada sostenida, una escucha atenta, una mano
dispuesta a ayudar son gestos que en general parten de mujeres. El patriarcado
trastocó esa mayor predisposición al cuidado y a la búsqueda del bien para
convertirlas en las cárceles mentales que aprisionan a tantas de nosotras.
¿Cómo rastrear nuestra fuerza más íntima después de años de una tutela que nos
enseñó que lo que hacemos, lo que damos, lo que pensamos no es importante?
Más de 70 guerras muestran hoy la condición
precaria de las mujeres. Ellas, las más ajenas a la lógica bélica, son las primeras
víctimas, junto con las niñas y los niños, de la crueldad desatada en asesinatos,
secuestros y violaciones. Lejos de las guerras, la condición de las mujeres no
mejora. La tendencia al cuidado se vuelve renuncia abnegada, la búsqueda de un
lugar en el mundo es obediencia debida de reglas opresivas y el sacrificio
multiplicado resulta en ansiedad, insomnio, enfermedad. Tristes y agotadas, aun
así las mujeres no abandonan el paciente tejido de las relaciones humanas y la
transmisión de saberes. La perspectiva de la paridad ofrece un dulce que sabe a
poco y el negacionismo de género, abrazado en los últimos años por el propio
movimiento feminista, encarna un obstáculo aún mayor para vislumbrar el potencial
femenino. El patriarcado resuena también en las actuales tragedias ecológicas.
Mientras las mujeres históricamente vivieron atentas a la naturaleza al tiempo
que la experimentaban en su propio cuerpo, en la sociedad de extraños de
nuestros días se encumbra a las pantallas como la única conexión valiosa con el
mundo.
En la era anterior al patriarcado, es probable que
las mujeres hayan sido guías de comunidades esencialmente pacíficas. En esa
historia también residen las raíces más profundamente humanas. La búsqueda de
entereza y de una lógica de colaboración que con más fuerza anidan en el
corazón de las mujeres ¿no son invaluables en estos días? ¿No serían estas
capacidades liberadas un recurso fundamental contra las guerras? La guía en
femenino –no un matriarcado– requiere determinación, una conciencia clara en
las mujeres y una firme decisión de escuchar, mirar profundamente y aprender de
ellas por parte de los hombres dispuestos a ser mejores personas y deshacerse de
sus privilegios para escribir una página mejor en la historia de todos y todas.