Ana Gilly
En este país (y más allá también), todos los
índices de pobreza diferenciados por géneros son desfavorables para las
mujeres. Ellas representan el 64% del total de los sectores más pobres, la tasa
de desocupación femenina es más alta con respecto a la masculina (lo mismo vale
para el trabajo informal) y la brecha salarial es del 28%. Entonces, vale la
pena preguntarse: ¿cómo es que, aun en estas condiciones, son ellas en primer
lugar las que garantizan los recursos materiales para sí y para quienes las
rodean? ¿Alguna vez se detuvieron a pensar en esto? Con menos medios a
disposición, son capaces de crear más recursos para todos. Tienen la habilidad
de inventar, con poco y nada, un plato lo más nutritivo y abundante posible,
muchas veces en detrimento de su propia alimentación. Pregúntenles si no a las mujeres
que alimentan a 10 millones de personas en los comedores comunitarios… En
general, las mujeres son más capaces también de vestirse y vestir a los demás
(niñas/os y adultos) sopesando utilidad, calidad y siempre, incluso con mínimos
recursos, un toque de belleza. ¿Pensaron cuántos de nosotras/os fuimos
vestidas/os con la ropa de hermanos/as o niños/as que crecieron de otras madres
cercanas? ¿Y quiénes creen que tejen esa red subterránea de donaciones
cotidianas? Será que proveerse, intercambiar y cuidar los objetos que
utilizamos es también una habilidad que proviene y que aprendemos de las
mujeres. Ellas también tienden a pensar y ocupar los espacios que habitamos
considerando que sean funcionales, seguros, saludables y lo más posiblemente
agradables para vivir, aun en condiciones muy extremas. Y si pensamos la
dimensión material de la vida como aquella realidad que nos circunda a los
seres humanos, empezando por la naturaleza primera de la cual somos parte junto
a las especies que nos acompañan, hagámonos esta pregunta: como línea de
tendencia, ¿cuál de los dos géneros se dedica y se ha dedicado más a la
observación y cuidado de esta? ¿y cuál a su destrucción sistemática?
Como dice Martina Caselli en su libro El género
primero (que acabamos de publicar y les recomiendo especialmente), una de las
paradojas más grandes que vivimos es que estas actividades tan nobles e
indispensables se dan por descontadas o, peor aún, son consideradas de ínfima
importancia. Y esta situación se agrava por las condiciones tremendamente
precarias en las viven la mayoría de las mujeres a la hora de realizar estas
tareas. Con todo, es gracias al compromiso material del género femenino que
tantas/os niñas/os y adultas/os pueden seguir viviendo. Un compromiso que pone
de manifiesto una mayor capacidad de adaptación a los ambientes, una mejor
conciencia de la integridad de las personas y habilidades para proyectar y
planificar los recursos pensando en todas las que las rodean. Abundan las
pruebas de la primariedad femenina en la materialidad de nuestra vida.
Reconocerlas, valorarlas y liberarlas de la jaula patriarcal y de la
explotación puede ser un beneficio para todas y todos.